Existe una ironía dolorosa en la Venezuela actual. Mientras nuestros artistas conquistan escenarios internacionales y la diáspora convierte un vals o una gaita en un himno de resistencia y nostalgia fuera de nuestras fronteras, dentro del país la realidad es otra. En la tierra que los vio nacer, el talento nacional parece estar librando una batalla desigual contra el desinterés de quienes tienen el poder de visibilizarlos: las emisoras de radio, los canales de televisión y las cadenas de cine.
La Ley Resorte: Un papel que no suena
Es un hecho notorio y comunicacional. Basta con sintonizar cualquier emisora comercial al azar durante una hora para confirmar el incumplimiento sistemático de la Ley de Responsabilidad Social en Radio, Televisión y Medios Electrónicos (Ley Resorte). La norma es clara: el 60% de la programación musical debe ser de producción nacional, y de ese porcentaje, la mitad debe honrar nuestras raíces tradicionales.
Sin embargo, para muchos programadores, la música venezolana parece ser un «estorbo» en la parrilla. Se escudan bajo el desgastado argumento de que «al oyente no le gusta». Pero surge la pregunta obligatoria: ¿Cómo le va a gustar al público algo que no se le permite escuchar? El gusto se educa, y la identidad se fortalece a través de la exposición. Al dar prioridad casi absoluta a carteleras extranjeras que poco conectan con nuestra idiosincrasia, los medios están fallando en su responsabilidad social de ser espejos de nuestra cultura.
El cine venezolano: Estrenos a la sombra
El fenómeno se repite en la gran pantalla. En 2025 fuimos testigos del estreno de cerca de una docena de películas venezolanas; historias nuestras, con factura técnica impecable y actuaciones de primer nivel. No obstante, verlas en cartelera es una odisea.
Mientras las megaproducciones extranjeras gozan de semanas de exhibición en horarios estelares —incluso con salas vacías—, el cine nacional es relegado a horarios matutinos o vespertinos. Se condena a la película venezolana al fracaso de taquilla al imposibilitar que el ciudadano común, el que trabaja y tiene horarios de oficina, pueda asistir. Es un boicot silencioso que prioriza la rentabilidad foránea sobre el patrimonio artístico local.
La nostalgia del que se va vs. la ceguera del que se queda
Es curioso —y a la vez triste— observar cómo la diáspora ha revalorizado lo nuestro. El venezolano que cruza la frontera se aferra a su música y a sus artistas como un salvavidas de identidad. Se cumple el dicho: «Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde». Pero, ¿es necesario perder el país para empezar a amarlo?
En Otilca Radio, nos negamos a aceptar esa premisa. Hemos decidido levantar la bandera de la venezolanidad con una filosofía innegociable: primero lo nuestro, segundo lo nuestro y tercero lo nuestro. No le tenemos miedo al talento nacional; al contrario, lo entendemos como nuestro mayor tesoro.
Una ventana abierta al mundo
Hoy, las estadísticas de nuestro portal radio.otilca.org nos dan la razón. El crecimiento constante de usuarios que nos visitan no es solo un número; es el reflejo de una audiencia sedienta de identidad, de personas que buscan conectarse con esa Venezuela positiva que sigue creando, soñando y produciendo, tanto dentro como fuera del territorio.
El apoyo al talento nacional no debería ser una cuota obligatoria por ley, sino un acto de orgullo y sentido común. Es hora de que los medios tradicionales dejen de mirar hacia afuera y empiecen a escuchar el latido de su propia tierra. Nosotros ya lo estamos haciendo.
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