Hay vidas que se escriben con el sudor del campo y la firmeza de quien no se deja vencer por el destino. La de mi padre, Samuel González, es una de ellas. Nacido en el corazón de Tucupido, estado Guárico, un 24 de febrero de 1944, Samuel llegó al mundo como hijo natural de Luz González, una mujer valiente que enfrentó la vida en solitario.
Desde muy niño, la realidad no le dio tregua. Arropado por las dificultades de un hogar sostenido únicamente por una madre trabajadora de campo, Samuel tuvo que cambiar los juegos por el oficio. Su misión era clara: apoyar a Luz y ser el pilar para sus hermanos, Rosa y Aristóbulo.
El políglota de los campos petroleros
Con el auge del petróleo, el destino le puso una herramienta inesperada en las manos: el idioma. Mientras prestaba ayuda simbólica a los trabajadores petroleros ingleses, Samuel, con una agudeza natural, comenzó a absorber el inglés entre las torres de perforación. Sin aulas de clase, pero con un oído prodigioso, empezó a hablarlo con la fluidez de quien nace para entender el mundo.
Más tarde, la familia se trasladó a San Juan de los Morros. Allí, mi padre solía decir que comenzaron los «tiempos de abundancia». No porque el dinero cayera del cielo, sino porque su espíritu emprendedor floreció. Montó su propio negocio: la venta y reparación de parches para neumáticos. Mientras mi abuela Luz lavaba y planchaba «ajeno» para sumar al sustento, Samuel hacía logística, mandados y ayudaba a los comerciantes locales. En medio de ese ajetreo, logró sacar su sexto grado bajo condiciones especiales, sin abandonar nunca su perfeccionamiento del inglés.
El bombero y el destino en Calabozo
El año 1962 marcó un momento fundamental en su vida. Samuel formó parte de la fundación del cuerpo de Bomberos de San Juan de los Morros. Tras rigurosos cursos, fue promovido como bombero, vistiendo con orgullo un uniforme que simbolizaba su vocación de servicio. Por esos años, el amor tocó a su puerta: se casó con Amalia y de esa unión nació mi hermano mayor, Néstor González, a quien admiro profundamente y cuya valía merece un capítulo aparte.
Pero el camino de Samuel aún tenía kilómetros por recorrer. Tras ahorrar con el trabajo de un camión volteo, se trasladó a Calabozo para trabajar en las obras viales de la región. Fue allí donde conoció a mi madre, Maigualida Castrillo.
Samuel, con ese aire bohemio y de «picaflor», pensó que Calabozo sería solo una parada temporal mientras duraran las obras. Sin embargo, la Villa de Todos los Santos lo atrapó por casi 30 años. Allí echó raíces definitivas, formó un nuevo hogar y nacimos mi hermana Luzbimar González Castrillo y yo.
La lección final: «La vida es una ilusión»
Si algo aprendí de mi viejo fue el arte de la perseverancia. Me enseñó que, aunque el camino no resulte ser como lo planeaste originalmente, el secreto está en disfrutar el proceso. Él vivía bajo una premisa que repetía con frecuencia: «La vida es una ilusión».
En Samuel no solo tuve a un padre; encontré a un amigo y a un guerrero que jamás desperdició una oportunidad para reír y divertirse, incluso en las batallas más duras. La muerte repentina de mi madre fue el quiebre más doloroso de nuestras vidas, pero verlo transitar ese duelo me confirmó que el amor verdadero existe; él me lo hizo entender no con palabras, sino con su propia vulnerabilidad.
El adiós de un grande
Hoy, en el Día Mundial de la Lucha contra el Cáncer, la fecha resuena con un eco más íntimo y personal. Hace exactamente 11 años —justo un mes antes del nacimiento de su nieto, Samuel Abraham— mi padre partió de este plano, tras enfrentar con la entereza de siempre su propia batalla contra esa enfermedad que hoy el mundo se une para combatir. Se fue Samuel el grande, el hombre que convirtió la escasez en abundancia de espíritu.
Gracias, papá, por enseñarme que incluso en la lucha más difícil, la batalla no está reñida con la alegría.
Por: Samuel González Castrillo
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