A 12 años del Goya: La hazaña de Azul y no tan rosa

El 9 de febrero de 2014, el Auditorio Príncipe Felipe de Madrid fue testigo de un silencio expectante que terminó en un estallido de júbilo a miles de kilómetros de distancia. Cuando los presentadores anunciaron que el Premio Goya a la Mejor Película Iberoamericana era para Azul y no tan rosa, Venezuela no solo ganaba una estatuilla; conquistaba un lugar permanente en la historia del séptimo arte.

A día de hoy, la obra dirigida por Miguel Ferrari sigue siendo la única película venezolana en ostentar este prestigioso galardón de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España.

Un guion que desafió prejuicios

La película narra la historia de Diego (interpretado por Guillermo García), un fotógrafo que decide formalizar su relación con su pareja, pero cuya vida da un giro inesperado cuando debe hacerse cargo de su hijo adolescente, Armando (Ignacio Montes), a quien no ha visto en años y quien llega desde España con una maleta cargada de reproches.

Lo que hace a Azul y no tan rosa una pieza de culto no es solo su temática LGBTQ+, sino su capacidad para abordar la paternidad, la intolerancia y el respeto desde una humanidad universal. No era una «película de nicho»; era un espejo de la sociedad venezolana y latinoamericana.

El camino al éxito: Números y acogida

El impacto de la cinta no fue solo crítico, sino también comercial, un fenómeno poco común para el cine de autor en el país:

  • Taquilla: Se convirtió en una de las películas más vistas en Venezuela, permaneciendo meses en cartelera.
  • Competencia: En los Goya, venció a pesos pesados de la región como la argentina Wakolda y la chilena Gloria.
  • Impacto Social: Abrió un debate nacional necesario sobre la diversidad y los derechos civiles en un contexto de profunda polarización.

El discurso que paralizó al país

Miguel Ferrari, al subir al escenario, no solo agradeció al equipo. Con el «cabezón» (como se le conoce cariñosamente al trofeo) en la mano, dedicó el triunfo a su tierra:

«Este es el primer Goya para Venezuela… ¡En Venezuela también nos amamos!»

Esas palabras resonaron en un país que necesitaba, más que nunca, una noticia que los uniera bajo una sola bandera. La victoria fue sentida como propia por toda la industria, desde los técnicos hasta los estudiantes de cine que vieron en Ferrari la prueba de que el cine nacional podía competir con el mundo.

Un legado solitario pero inspirador

A pesar de que Venezuela ha enviado grandes candidatas en años posteriores (como La distancia más larga o Desde allá, ganadora del León de Oro en Venecia), ninguna otra ha logrado repetir la hazaña en los Goya.

Azul y no tan rosa dejó una vara alta y una lección clara: el cine venezolano es potente cuando se atreve a ser honesto, cuando cuida su estética y cuando, por encima de todo, cuenta historias que palpitan.

Hoy, doce años después de aquel estreno, la película de Miguel Ferrari sigue recordándonos que el arte tiene el poder de transformar la oscuridad en un matiz que, aunque sea «no tan rosa», es profundamente esperanzador.

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