El Carnaval en Venezuela es un despliegue de color, ritmo y tradición. Desde El Callao hasta las costas de Falcón, la geografía se llena de carrozas y comparsas. Sin embargo, hay un personaje que habita en la memoria colectiva del venezolano con una mezcla de nostalgia y picardía: la Negrita.
Más que un simple disfraz, la Negrita representa una era de intriga, libertad y, sobre todo, un juego de roles donde el anonimato era el rey de la fiesta.
Un origen entre luces y sombras
Aunque las fiestas de disfraces datan de la colonia, fue durante la década de los años 50, bajo el mandato del general Marcos Pérez Jiménez, cuando la figura de la Negrita alcanzó su máximo esplendor. En una época de estrictas normas sociales, el Carnaval ofrecía la válvula de escape perfecta.
El atuendo era inconfundible: un mono negro de tela elástica (o mallas) que cubría todo el cuerpo, una peluca de color negro intenso (o a veces de colores vibrantes), labios pintados de un rojo provocativo y, el elemento clave, una máscara o antifaz con una fina malla que permitía ver sin ser vista.
¿Libertad o fidelidad? Las dos caras de la máscara
Sobre el propósito de este disfraz existen versiones que alimentan el mito urbano:
- La conquista de la libertad: Para muchas mujeres de la época, ser una «negrita» era la única forma de asistir a los grandes bailes en clubes como el Círculo Militar o el Hotel Humboldt sin ser juzgadas. Bajo el disfraz, no había clases sociales ni prejuicios; solo una mujer disfrutando de la música y el baile «sin complejos».
- La prueba de fuego: La versión más picaresca cuenta que la Negrita era el arma secreta de las esposas desconfiadas. Se dice que muchas mujeres se disfrazaban para seducir a sus propios maridos en medio de la euforia festiva. Cuando el caballero, creyendo haber conquistado a una misteriosa desconocida, intentaba dar el siguiente paso, llegaba la revelación fulminante: “¡Ajá, te atrapé!, ¡sinvergüenza!”.
Con el paso de las décadas, la tradición de «las negritas» ha mermado en las grandes ciudades, siendo desplazada por disfraces más modernos o internacionales. No obstante, en el imaginario popular, su grito de guerra —un agudo e irreconocible «¡A que no me conoces!«— sigue resonando cada vez que llega febrero.
Hoy, rescatar la figura de la Negrita es rescatar la esencia del Carnaval venezolano: ese espíritu burlón, alegre y profundamente creativo que nos recuerda.
¿Sabías que? Para que el disfraz fuera perfecto, las mujeres solían usar guantes y medias gruesas para que ni el color de la piel ni las joyas delataran su verdadera identidad. ¡El anonimato era absoluto!
Otilca Radio / Argenis Heredia (Venezuela 20/20)
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