El Hotel Concorde de la Isla de Margarita fue, durante años, el símbolo máximo del lujo y la modernidad en el Caribe venezolano. Sin embargo, tras sus imponentes paredes, se esconde el eco de una madrugada de horror que cambió para siempre el destino de la infraestructura y de la sociedad margariteña. Lo que comenzó como un brindis por la vida, terminó en una asfixiante lucha contra la muerte.
El brindis antes del caos
El 28 de noviembre de 1987, el salón de eventos del Concorde desbordaba elegancia. Una boda de alto prestigio reunía a familias reconocidas, entre risas y música. Con el paso de las horas, la celebración fue menguando y las familias se retiraron paulatinamente.
Para las 4:30 de la madrugada del domingo 29 de noviembre, el grupo se había reducido a un círculo íntimo: los recién casados y sus familiares más cercanos, entre ellos el Dr. Carlos Fermín, el Ing. Gustavo Fermín, la pequeña Carla Fermín de apenas 11 años, y otros amigos y colaboradores de la familia. Nadie sospechaba que el peligro acechaba detrás de los paneles de las paredes.
La trampa de humo y oscuridad
El grito de un mesonero rompió la calma: «¡Fuego!». Un cortocircuito en un cajetín cercano, alimentado por materiales altamente inflamables utilizados en la construcción del hotel, permitió que las llamas irrumpieran violentamente, abriendo un boquete en la pared del salón.
En medio del pánico, la tragedia se selló por una cadena de fallas técnicas:
- Apagón crítico: El sistema eléctrico falló, dejando los pasillos en una oscuridad absoluta.
- Sin señalización: La ausencia de luces de emergencia y avisos de salida impidió que el grupo encontrara la vía de escape.
- El camino equivocado: Entre la desesperación y el vapor asfixiante, el grupo fue conducido por error hacia el área de la cocina, quedando atrapados en un laberinto de humo.
Al intentar retroceder, algunos llegaron a un balcón, pero la altura de 25 metros hacía imposible el salto al vacío. Mientras el Concorde ardía, el oxígeno se agotaba.
11 vidas y un solo testigo
Al amanecer, la escena era dantesca. Los cuerpos de 11 personas quedaron tendidos en el pasillo, víctimas de una muerte silenciosa y cruel: la asfixia por inhalación de gases tóxicos. Entre los fallecidos se encontraban figuras respetadas y una niña cuya vida apenas comenzaba.
De aquel grupo, solo Reinaldo Cardozo, padrino de la boda, logró sobrevivir para contar cómo la negligencia convirtió una fiesta en un funeral.
El ocaso de un gigante
Las consecuencias no tardaron en llegar. Las demandas judiciales, sumadas al desprestigio por la evidente falta de medidas de seguridad, hirieron de muerte la reputación del hotel. Con el tiempo, el mito se alimentó de la tragedia; los rumores sobre presencias fantasmales y lamentos en los pasillos vacíos alejaron a los turistas.
Finalmente, incapaz de superar el estigma de la fatalidad de 1987, el Hotel Concorde cerró sus puertas en 1994, quedando como un esqueleto de concreto que, durante décadas, recordó a Margarita que el lujo no es nada sin la seguridad.
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