En la madrugada del 23 de enero de 1958, un sonido rompió el silencio de una capital contenida: el rugido de los motores del avión presidencial, la «Vaca Sagrada«, despegando desde la base aérea de La Carlota. A bordo huía el General Marcos Pérez Jiménez, dejando atrás una dictadura de una década y un país que, entre el júbilo y el caos, se volcaba a las calles para reclamar su destino.
Lo que hoy recordamos como una fecha de júbilo fue, en realidad, el clímax de una tensión que se cocinó a fuego lento durante todo el mes de enero, marcando el fin de la era del «Nuevo Ideal Nacional» y el inicio del experimento democrático más largo de Venezuela.
El principio del fin: Del plebiscito al alzamiento
El declive del régimen comenzó con un error de cálculo político: el plebiscito de 1957. Al intentar perpetuarse en el poder sin elecciones competitivas, Pérez Jiménez fracturó incluso la unidad de las Fuerzas Armadas.
El 1 de enero de 1958, el coronel Hugo Trejo lideró un alzamiento aéreo desde Maracay que, aunque fracasó militarmente, encendió la mecha de la rebelión civil. La censura no pudo ocultar el descontento; las universidades, la Iglesia Católica (a través de la famosa carta pastoral de Monseñor Arias Blanco) y los sindicatos comenzaron a coordinarse en la clandestina Junta Patriótica, liderada por el periodista Fabricio Ojeda.
El 21 de enero: La huelga que detuvo al país
La movilización definitiva comenzó dos días antes de la huida. La Junta Patriótica convocó a una huelga general que paralizó Caracas. Los comercios cerraron, el transporte se detuvo y las consignas de libertad resonaban desde los balcones con el sonar de las cacerolas.
La represión fue feroz. La Seguridad Nacional, la policía política del régimen, llenó las cárceles de «El Obispo» y la Ciudad Universitaria de detenidos, pero la presión popular era imparable. Para el 22 de enero, el Alto Mando Militar comprendió que sostener a Pérez Jiménez significaba un baño de sangre que no estaban dispuestos a asumir.
La Huida y la Junta de Gobierno
A la medianoche del 23 de enero, tras horas de deliberaciones en el Palacio de Miraflores, Pérez Jiménez abandonó el país con rumbo a República Dominicana. La noticia se esparció como pólvora. El pueblo tomó la calle, derribó las estatuas del dictador y saqueó las casas de los personeros del régimen, mientras las campanas de las iglesias repicaban en todo el país.
Se instauró una Junta de Gobierno presidida por el Contralmirante Wolfgang Larrazábal, quien prometió —y cumplió— conducir al país hacia elecciones libres en menos de un año.
¿Qué nos dejó el 23 de enero?
Más allá de la salida de un hombre, esta fecha simboliza la «unión nacional». Fue el momento en que los partidos políticos (AD, COPEI y URD) dejaron de lado sus diferencias ideológicas para firmar meses después el Pacto de Puntofijo, garantizando la estabilidad del sistema que regiría por los próximos 40 años.
Hoy, el 23 de enero no es solo un nombre en un mapa parroquial de Caracas; es el recordatorio de que la democracia venezolana no fue un regalo, sino una conquista ganada con la confluencia de la bota militar institucionalista y el coraje civil.
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