¿Estamos criando profesionales o simplemente autómatas con títulos? La pregunta no es retórica; es el grito de una sociedad que ve cómo su estructura se desmorona mientras sus aulas se llenan de individuos capaces de operar máquinas, pero incapaces de sentir su propia historia.
El verdadero peligro que acecha a Venezuela no es una cifra económica ni una carencia material: es la sombra de una generación transculturizada, un ejército de expertos sin brújula, vacíos de valores y desconectados de su propia raíz. La historia de las civilizaciones ha sido siempre el registro de sus armonías y, sobre todo, de sus ruidos. Desde la Paideia griega que esculpía ciudadanos mediante el equilibrio del espíritu, hasta el pensamiento oriental donde el orden del Estado era un reflejo del orden sonoro, queda claro que los pueblos que trascienden son los que logran traducir su herencia en una ética cotidiana.
Sin embargo, hoy corremos el riesgo de convertirnos en extraños en nuestra propia tierra, fascinados por lo ajeno mientras dejamos morir lo que nos define. Existe una sentencia popular que resuena hoy con una fuerza demoledora: «El que no cuida lo que tiene, a pedir se queda». Es una advertencia sobre la orfandad cultural.
Si no somos capaces de custodiar y honrar nuestro patrimonio artístico, si ignoramos la profundidad de nuestra identidad y nuestras tradiciones, estamos condenando nuestra herencia a la extinción.
El riesgo no es solo el olvido; es la metamorfosis de la nación en una masa de analfabetas funcionales: personas que saben leer códigos pero son incapaces de descifrar la belleza de su propia historia o el valor del respeto mutuo. Aquí es donde reside la verdadera amenaza sistémica. Sin identidad no hay valores, y sin valores la empatía se extingue.
En ese vacío florece la indiferencia, la banalidad y esa corrupción silenciosa que comienza cuando el individuo prioriza lo efímero sobre lo trascendente. Un ciudadano sin arraigo es un ser maleable, una pieza sin alma en una maquinaria de consumo que pone en riesgo no solo el destino del país, sino la esencia misma de nuestra humanidad.
La urgencia por rescatar la sensibilidad humana y la identidad nacional no es una postura romántica; es una medida de legítima defensa. Debemos volver a lo esencial, a cultivar el «Ser» desde sus primeras vibraciones. Cada fragmento de tradición que sembramos, cada melodía que nos pertenece y que enseñamos a valorar, es un muro contra la decadencia.
El éxito de una nación no se mide por sus índices de exportación, sino por la solidez de su carácter y la profundidad de su cultura. Es hora de entender que cuidar lo que somos es la única forma de asegurar que, mañana, no tengamos que mendigar una identidad que ya era nuestra.
Samuel González Castrillo
Referencias Bibliográficas
- • Platón. La República. (La educación de las artes y el carácter ciudadano).
- • Uslar Pietri, Arturo. La Identidad de Hispanoamérica. (Defensa contra la transculturización).
- • Gardner, Howard. Estructuras de la mente. (La inteligencia artística en el desarrollo humano).
- • Savater, Fernando. El Valor de Educar. (Transmisión de herencia cultural vs barbarie).
Nota Institucional: Como extensión de esta filosofía y tras recorrer estos años de melodías, se mantiene abierta hasta el mes de marzo una oportunidad de acción concreta en conmemoración del 17º aniversario de labor educativa. Se han dispuesto 7 cupos para la etapa maternal que cuentan con la exoneración total de los trámites de inscripción y membresía.
Puede obtener más información y asegurar su cupo a través del siguiente enlace:
Programa Maternal Otilca.
Únete a nuestro canal en Telegram.
¿Eres talento venezolano y deseas que publiquemos tus notas y sonemos tu música? Envíanos el material a otilcaradio@gmail.com
Contribuye con la promoción y difusión de la
producción artística venezolana, realiza tu aporte



