El viento que baja de la Sierra de Falcón no solo trae el aroma de la tierra húmeda, sino el susurro de una libertad que tardó siglos en madurar. Cada 10 de mayo, Venezuela se detiene para mirar hacia atrás, específicamente a 1795, cuando el estruendo de los tambores dejó de ser fiesta para convertirse en guerra.
Imaginemos la escena: la oscuridad de la noche en la serranía de Coro se rompe con el brillo de los machetes. Al frente, José Leonardo Chirino, un zambo libre que había escuchado en sus viajes por las Antillas los ecos de una palabra peligrosa y fascinante: igualdad.
Inspirado por la Revolución Francesa y la valentina de los haitianos en Santo Domingo, Chirino no buscaba solo una mejora salarial o un trato más humano. Buscaba lo impensable para la época: la instauración de una República. Aquella noche, al tomar la hacienda El Socorro, el mensaje fue claro: la opresión de los impuestos y el yugo de la esclavitud tenían fecha de caducidad.
La rebelión fue feroz, pero breve. El poder colonial, temeroso de que el «mal ejemplo» de Haití se propagara por el continente, actuó con una crueldad ejemplarizante. Chirino fue capturado, trasladado a Caracas y, un año después, condenado a la horca. Sus restos fueron exhibidos como una advertencia macabra para quienes osaran soñar con la libertad.
Sin embargo, el cálculo de los españoles falló. No silenciaron una voz, sino que amplificaron un sentimiento.
- Impacto Inmediato: Las autoridades coloniales, bajo presión, se vieron obligadas a reducir los impuestos que asfixiaban a las clases humildes.
- Impacto Histórico: El alzamiento de la Sierra de Coro no fue un evento aislado; fue el preludio necesario para los movimientos de Manuel Gual y José María España, y el cimiento de la gesta independentista que vendría años después.
Durante mucho tiempo, la historia oficial intentó relegar este levantamiento a una simple «revuelta de esclavos». No fue sino hasta el año 2005 cuando Venezuela oficializó el Día de la Afrovenezolanidad.
Esta fecha no es solo un recordatorio de la tragedia o del castigo, sino una celebración de la resistencia. Es el tributo a los hermanos africanos y sus descendientes que, con su sangre, cultura y determinación, moldearon la identidad de un país que hoy se reconoce multiétnico y orgulloso de sus raíces negras.
Hoy, la Sierra de Coro sigue allí, pero el grito de Chirino ya no es un lamento, es el pilar de una historia que finalmente le otorga su lugar de honor.
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