El Callao: Entre el oro, el calipso y el tizne del «Mediopinto»

El Callao: Entre el oro, el calipso y el tizne del «Mediopinto»

Desde el 1 de diciembre de 2016, el estruendo del bumbac y el colorido de los Carnavales de El Callao no solo pertenecen a Venezuela, sino al mundo entero. Tras ser declarados Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, esta festividad ha blindado sus tradiciones. Sin embargo, más allá de la elegancia de las Madamas y la imponencia de los Diablos, existe un personaje que encarna la picardía y la resistencia del pueblo callaoense: el Mediopinto.

La leyenda negra y pegajosa

Si usted camina por las calles de El Callao durante las fiestas carnestolendas, es probable que se tope con una figura oscura y brillante. Se trata del «negropinto», un hombre que ha embadurnado su cuerpo con una mezcla ancestral de carbón molido, melaza y agua. El resultado es una sustancia densa, negra y extremadamente pegajosa que se convierte en su principal herramienta de «extorsión» festiva.

El trato es sencillo pero inevitable. El personaje se acerca al transeúnte y lanza el ultimátum que le da nombre: «¿Medio o pinto?».

Históricamente, la víctima debía entregar un «medio» (0,25 bolívares de la época) para conservar su ropa limpia. Con el paso de las décadas y la evolución de la economía, la cifra ha escalado, y hoy un Mediopinto no se conforma con menos de unos cuantos bolívares o una colaboración más generosa. Ante la amenaza del tizne, la mayoría de los elegidos prefiere no oponer resistencia y ceder al tributo.

Un origen antillano y una zona de tregua

La presencia de estos personajes no es casualidad. Sus raíces se hunden en las festividades del Bacanal de las Antillas Mayores y el «Negre Marrón» de las Antillas Menores, reflejando la herencia caribeña que define al sur de Venezuela. Antiguamente, su aparición era casi fantasmal, saliendo a las calles a partir de la medianoche para adueñarse de la oscuridad del pueblo.

Sin embargo, en este juego de asedio y pintura, existe un santuario: la Plaza Bolívar. Por respeto a la institucionalidad y la tradición, los Mediopintos tienen prohibido entrar a este espacio. Allí, el turista y el local pueden respirar tranquilos, sabiendo que el carbón y la melaza no cruzarán las fronteras de la plaza.

Más que un susto, una lección de historia

A pesar de su apariencia intimidante, el Mediopinto cumple un rol vital en el ecosistema del Carnaval. No solo son guardianes del orden durante los desfiles, sino que se han convertido en cronistas populares. Es común verlos rodeados de turistas, explicando con orgullo sus orígenes y cómo su figura pasó de ser una burla social a una leyenda viviente.

En El Callao, ser pintado por un Mediopinto es, en el fondo, un rito de iniciación. Es aceptar que, durante el Carnaval, todos somos parte de la misma mezcla de razas, historia y alegría que ha hecho de este rincón del estado Bolívar un tesoro para la humanidad.

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