HUELLAS Y PRESENCIAS INSULARES: TODO ERA BRISA EN PORLAMAR

Volvían lentos los andares. En las calles del Comercio, mientras refrescaba la tarde, los comerciantes ya con poco que vender se agrupaban en las aceras a ver pasar a los transeúntes y a conversar de las cosas de la mañana. A veces pasaba Masarango con su carretilla llena de sacos de fuertes que algún comerciante enviaba con él al Banco de Venezuela.

Era la hora de pelarse o afeitarse con Pablo, José, Topo, El Cubano, Antolín y Víctor, quien muchas veces dejaba solo al cliente y salía presuroso hacia la iglesia porque a Conchito se le habla olvidado dar un doble.

La segunda guerra mundial, los juegos de Cervecería y del Vargas —y habla que saber a qué bando pertenecía el barbero para evitar un tijerazo mal dado a propósito—, los encapuchados que estaban saltando las tapias por las noches, la historia minúscula, el chiste, eran las brisas para despejar las tardes somnolientas.

Saviñac y sus hijos Pellín y Morocho; y Reflex, en sus cuartos oscuros daban los toques finales a las fotografías para la gente y sus cosas quedaran patentes para la posteridad. Catoño, ponía una media suela mientras el cliente esperaba conversando con él.

Domingo, Jesús y Laureanito iban a comprar abestina para continuar sus trabajos. Poncho, Lalo, Zanguito, Chapuchapo, Merchán, Antonio, Mencho, Meche, remataban sus trabajos de albañilería, lo mismo hacían Pablo, Nino y Vargas en sus trabajos de carpintería.

Todo era brisa a media tarde. Brisa venida del mar y que se adentraba en tierra, allí volvía al mar, devuelta por la voz de Simón Ricorrico pregonando sus helados de pura fruta. Nadie supo guardar las fórmulas de Simón, ni la de las torrejas y pasteles de Carmen Cruz, ni la de las conservas de chaco y de toronja de Vita, ni la de los ponqué de Ana Jacinta, ni la de las cotufas de Manuelita que hicieron que las tardes fueran menos largas.

Manuel María, el policía bueno, aconsejaba a los muchachos que jugaban metras o béisbol en el conuco de Manuel Rivas, o en el Tenis. A Santos Calavera, Faño y Aocha, habla que correrles hasta el riachuelo para escapar de sus certeros cocotazos.

Capuchao y Alfredo, recogían los cartelones de anuncios del Porlamar Cine y ya se sabía que la tarde se iba muriendo en un sol rojizo sobre Punta Mosquito. Rafael en la plaza Bolívar saludaba a los que regresaban a sus casas, formándose pequeños grupos de contertulios.

De los montes cercanos regresaban alborotadas las angoletas y las golondrinas como saetas entraban en el campanario. Era la hora del ángelus y la noche comenzaba a poblarse de murciélagos y de las tenues luces de los escasos bombillos.

Los Maestros Lino, Cosme, Chimilito y Benjamín, finalizaban sus clases de música.

(Tomado de Ángel Félix Gómez en la Revista Margariteñerías Nº 129 de abril, 1982)

Recopilación: Verni Salazar

Sigue nuestras redes sociales. Somos OtilcaRadioradio on line gratis, transmitiendo 24 horas solo música venezolanaInstagramTwitter FacebookÚnete a nuestro canal en Telegram.