Petra Celestina: El milagro diario de la arepa

Las cuatro de la tarde de un día cualquiera en la década de los sesenta del siglo pasado. Sentada en un viejo ture que alguna vez le compró a Alejo el de El Dátil, bajo la sombra que daba el alar de la casa, con el bojote de gajos envuelto en hojas de algodón de seda bajo el brazo y en las manos la incipiente crineja que acababa de iniciar, allí estaba ella mi abuela Petra Celestina.

Un pensamiento inundaba su cabeza, la interrogante de todos los días: Qué comeremos mañana? Había vendido dos docenas de sombreros a una cava de Barquisimeto. Llamó una de sus hijas, Gladys, y le dijo que fuera a comprar kilo y medio de maíz blanco pilado a la bodega de Domingo y Sinforosa.

La casa de barro y estaba ubicada en la Calle Piar de El Espinal, N° 96, una sala, un cuarto grande familiar y uno pequeño, techo de cañabrava, varas de mangle y cubierta de tejas, piso de tierra, la cocina estaba separada de la casa, también de bahareque y techo de hojas de dátil, en su interior un fogón hecho de varas y recubierto de barro.

Al regresar Gladys, mi abuela arrimó y atizó las brasas, que siempre se mantenían encendidas, colocadas entre las tres negras piedras, sobre estas colocó la olla con el maíz, después de lavarlo, para sancocharlo. Y le dijo a su hija Cruz Carmen “Cucha”, te toca ir a moler el maíz, te levanto en la madrugada.

A las cuatro de la mañana, estaba levantando a Cucha, para que se dirigiera con el maíz ya sancochado para molerlo casa de Saturnino Velásquez “Nino”. Ya había gente en la cola y la recomendación de siempre “no dejes que te lo liguen con maíz amarillo”, aquí tienes para el pago.

A las siete de la mañana Cucha estaba de regreso en la casa con el maíz molido. Mi abuela pensó: Ya tengo resuelto las arepas ahora falta con que nos las vamos a comer, el día largo: desayuno, almuerzo y cena. (CONTINUARÁ).

Por: Verni Salazar

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