Cuando José Gregorio Hernández curó a Juancho Gómez

En una ocasión José Gregorio Hernández trató al general Juancho Gómez que se encontraba gravemente enfermo, esta  historia  nos la relata su sobrino Ernesto Hernández Briceño en su libro Nuestro tío José Gregorio:

“Estando José Gregorio Hernández  ausente de Caracas, enfermó de gravedad el General Juancho Gómez, hermano del Presidente y  Gobernador de Caracas. Todos los médicos más afamados fueron desfilando por su habitación, sin, acertar con su enfermedad.

El General Juancho Gómez  se moría. Su hermano, el Presidente, fue a visitarle y con su acostumbrada calma definió:
–Se muere Juancho porque el Doctor Hernández no le ha visto.
-El Doctor Hernández está fuera, mi General.
–Pues que le busquen.

No fue necesario.  Él había llegado ya, y el General Gómez mandó inmediatamente al General Pimentel que le fuera  a buscar donde estuviera, que su hermano se estaba acabando.

Llegó precisamente Pimentel cuando el Doctor Hernández estaba en su consulta de los pobres, al mediodía.
-Doctor, el General le necesita.
Lo siento, pero ahora no puedo -Ie contestó consultando su reloj-. A las tres menos cuarto termino. No puedo dejar  mi consulta  de pobres.
El General Pimentel recorrió la vista por la sala  de espera, llena de  viejecitas rugosas y pobres enfermos. Era algo pintoresco como para contárselo  al General.
-Es que es urgente, Doctor.
-Pues ¿qué pasa?
–Juancho Gómez, que se está muriendo…
-¡Ah!, eso es otra cosa…

No fue necesario más. Había que salvar una vida. Lo mismo que sí estuviera muriendo el pobre más menesteroso de la ciudad, el Doctor Hernández  tomó su hongo de la percha y, al salir, pidió con humildad excusas a las personas que estaban esperando, pues iba a ver un momento a un enfermo grave. Todos lo sabían.

A la fuerza, por la urgencia, le introdujo, el General en su automóvil y a los pocos minutos, ante la maravilla de todos, estaba de vuelta a su consulta de pobres.

Había visto al General, lo reconoció y le recetó algo tan sencillo que todos quedaron maravillados. Pero, efectivamente, el General Juancho Gómez salía de su gravedad y a los pocos días estaba bueno y salvo.

Todos dijeron que había sido una resurrección. Y él contestaba al General Gómez:
—Sólo Dios resucita, mi General…

El Presidente Gómez no sabía cómo agradecer al Doctor Hernández aquella curación. Hubiera sido el momento oportuno, para aprovecharse de aquella debilidad de Gómez cuando se sentía eufórico o agradecido. Sin embargo, José Gregorio la dejó pasar como si no se diese cuenta de ella. Él no quería el dinero ni los honores.

El General Gómez llamó a Pimentel y le mandó a casa del Doctor a pagarle los honorarios extraordinarios por la enfermedad de Juancho, los que él pidiera, que todo se lo merecía.
–Mis visitas las cobro solamente a cinco bolívares, mi General.
-¿Cómo?
–Sí. Tres visitas, quince bolívares…
Pimentel no se podía explicar la conducta de aquel hombre, que sabía que estaba en sus manos el dinero que quisiera. Y quiso darle más.
-Nada más, quince bolívares, mi General.
El General  Pimentel sacó un billete de veinte bolívares y se lo alargó al Doctor. El,  tranquilamente, le devolvió cinco bolívares y se despidió de él afectuosamente, lo mismo que si despidiera a uno de sus pobres de la consulta.

Comentando este incidente, decía Pimentel:
-Siempre he querido mucho al Doctor Hernández, pero es la única vez que me ha dado rabia contra él…”

Jamás José Gregorio utilizó a sus amistades para beneficio propio, a sus conocidos siempre los miró y los trató profesionalmente de igual forma;  pudiendo ser estos ricos o pobres nunca los discriminó, ni  los utilizó o los manipuló,  su  atención para con ellos siempre fue la misma,   ya que en cada uno de ellos veía  reflejado el rostro de Cristo.

(ALFREDO GÓMEZ BOLÍVAR, Biógrafo de José Gregorio Hernández).

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