El rugido de la modernidad: El túnel Boquerón

El rugido de la modernidad: El túnel Boquerón

En 1952, mientras el país se sumergía en una ambiciosa y rápida campaña de modernización impulsada por el régimen del general Marcos Pérez Jiménez, un sonido atronador comenzó a resonar en las entrañas del cerro Ávila. Era el rugido metálico de las voladuras y los martillos neumáticos que daban vida a una de las proezas de ingeniería más audaces de Venezuela: la construcción del Túnel Boquerón, el acceso subterráneo que haría nacer la Autopista Caracas-La Guaira.

El proyecto era un pulso directo contra la geografía. La montaña se presentaba como roca pura y desafiante, obligando a las empresas extranjeras, en colaboración con ingenieros venezolanos, a trabajar con una precisión milimétrica, perforando desde ambos extremos.

El Año de la Hazaña Técnica

El año 1952 se convirtió en un sinónimo de hazaña. Los equipos avanzaban a un ritmo sorprendente, logrando perforar en ocasiones más de seis metros por día. Para los cientos de obreros, cada jornada era una batalla contra la oscuridad, el polvo, el calor y el constante peligro de la dinamita, conscientes de que estaban construyendo la obra vial más audaz de la nación.

La recompensa a este esfuerzo llegó cuando, finalmente, los dos frentes de excavación se encontraron en las profundidades de la roca. El estruendo que siguió no fue de explosión, sino de celebración.

El Boquerón 1, con casi dos kilómetros de longitud, se consagró como el túnel más largo jamás perforado en Venezuela hasta ese momento. Junto a su gemelo, el Boquerón 2, se completó el sistema que lograría reducir el viaje desde la capital hasta el Litoral Central de las largas horas a solo minutos.

Un Símbolo de la Integración Geográfica

La autopista Caracas-La Guaira fue un proyecto emblemático de la dictadura de Pérez Jiménez, concebida como parte de un impulso que buscaba transformar la geografía nacional e integrar el valle de Caracas con el litoral. En su momento, el costo total de la obra se estimó en el equivalente a unos 60 millones de dólares.

En diciembre de 1953, al inaugurarse oficialmente la vía, miles de venezolanos se congregaron para atravesar por primera vez aquel colosal «ojo de piedra» abierto en la montaña. El Boquerón dejó de ser una simple obra de infraestructura para convertirse en un poderoso símbolo: la certeza de que la ingeniería era capaz de domesticar la geografía y que el país podía soñarse, y construirse, moderno.

El sistema de túneles y puentes no solo acortó distancias, sino que también redefinió la relación del ciudadano con el mar, haciendo de la costa un destino accesible y cotidiano.

Fuente: Correo de Lara

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