En la historia de la independencia venezolana, los nombres de los grandes próceres suelen opacar las hazañas de quienes, desde el anonimato del pueblo, entregaron su vida por la causa republicana. Sin embargo, hay un nombre que resuena con la fuerza de un cañón en las tierras de Monagas: Juana Ramírez, conocida por la posteridad como «La Avanzadora».
Nacida en 1790 en el municipio Piar (Chaguaramas), Juana no solo fue una mujer de armas tomar, sino el símbolo de la resistencia femenina, afrodescendiente y popular en una época donde el destino de la nación se decidía entre el humo de la pólvora y el filo de la bayoneta.
La heroína de Maturín
El apodo que la inmortalizó no fue gratuito. Se lo ganó el 25 de mayo de 1813, durante la histórica Batalla de Alto de los Godos. En aquella jornada, las fuerzas realistas del capitán general Domingo de Monteverde amenazaban con aplastar la resistencia republicana en Maturín.
Juana, que para entonces formaba parte de una unidad de mujeres valientes conocida como «La Batería de las Mujeres», no se limitó a asistir a los heridos o suministrar municiones. En un momento crítico del combate, cuando las municiones escaseaban y el ánimo flaqueaba, Juana tomó la espada de un oficial caído y, al grito de libertad, avanzó sola hacia las filas enemigas. Su audacia inspiró a los soldados patriotas, quienes retomaron la ofensiva y lograron una victoria decisiva.
El legado de «La Batería de las Mujeres»
Juana no estaba sola. Su liderazgo permitió organizar a las mujeres del pueblo para defender la plaza. Este cuerpo de combate realizaba labores fundamentales que hoy llamaríamos logística y sanidad militar, pero con la particularidad de que estaban dispuestas a empuñar el fusil si la línea de defensa era vulnerada.
- Defensa de la retaguardia: Vigilaban los movimientos del enemigo en las cercanías del río Guarapiche.
- Atención de heridos: En medio del fuego, rescataban a los soldados patriotas.
- Suministro de pólvora: Garantizaban que los cañones no dejaran de rugir.
dentidad y Resistencia
Juana era hija de una esclava de origen africano, lo que añade una capa de profundidad a su lucha. Para ella, la independencia no era solo un concepto político de las élites, sino la promesa real de libertad frente a la opresión y la esclavitud. Su figura representa a la mujer trabajadora, a la madre y a la guerrera que entendió que la patria se construye con el sacrificio colectivo.
El Camino al Panteón Nacional
Tras la guerra, Juana regresó a la vida sencilla en el campo, falleciendo en 1856 a los 66 años. Durante décadas, su historia fue transmitida de generación en generación en el oriente venezolano como una leyenda oral.
Fue en años recientes cuando su legado recibió el reconocimiento máximo del Estado venezolano:
- Monumento en Maturín: Una imponente estatua de bronce en la avenida Bolívar de la capital monaguense recuerda su hazaña.
- Ingreso al Panteón Nacional: En el año 2015, sus restos simbólicos fueron trasladados al altar de los héroes de la patria en Caracas, haciendo justicia a su papel fundamental en la gesta emancipadora.
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