Las Festividades de La Asunción

Las festividades de Nuestra Señora de La Asunción, la Virgen de La Asunción o “La Patrona”, como también se le decía y se le sigue diciendo, eran las únicas en la Isla de Margarita, que tenían una característica netamente religiosa. En ellas casi no se consumía licores ni se bailaba, ni se ponían mesas de juegos en las calles, ni había parques de diversiones, ni bazares, ni nada por el estilo, y sin embargo, la gente estaba pendiente de ellas y los vecinos concurrían masivamente de todas partes de la Isla y hasta de más allá de sus costas.

Misas, vísperas, salve o rosario, y retreta el día 14 de agosto, y la vocinglería de los vendedores de maní y de semillas de merey, de empanadas, de café, de cacao, de dulces, de panes, de arepas y barrigas de vieja, y de cuanta meriendas se producían en las propias casas asuntinas, y profusión de fuegos artificiales: cohetes, cohetones de luces, cañones, tracas, cámaras, bombeadores, tarros, ratones, minas, palmas y los tradicionales globos; sumados a los repiques y más repiques de campanas, eran la distracción de propios y extraños.

Y el día principal, el 15 de agosto, lo mismo que el día 14, más los maravillosos sermones y la procesión por varias calles de la ciudad, engalanada y embanderada con la insignia de la Virgen. Igual sucedía los días 21 y 22 de agosto, aunque con mayor pompa y mayores derroches de fuegos artificiales y de la vocinglería.

Todos los asuntinos trabajaban durante el año a la parte con “La Patrona”, desde el empleado público, hasta el ama de casa, pasando por el agricultor y el simple jornalero. Ya en el mes de junio, cada quien estaba depositando lo que le correspondía a la Virgen, bien por la venta del cochino gordo, de la “tabla” de yuca, de los papelones, del sueldo o de la bodega, del aceite de coco o del almidón.

Había dos juntas receptoras: una de mujeres para el “Día de La Patrona” y otra de hombres para la “Octava”. Y la competencia estribaba en ver quien realizaba mejor la fiesta. Siempre se comentaba que el “Día” nunca se había podido ganar a la “Octava”, ni siquiera en el banquete que brindaban a los ciudadanos más representativos, o en los paseos de música.

La gran satisfacción de toda la gente era preocuparse por estrenar ese día o lucir sus mejores galas, adquiridas con la plata que les había ayudado a ganar “La Patrona”. A los niños y a los adolescentes, como un mandato de familia, se les inculcaba el cumplimiento del deber que tenían para con la Virgen, y contaban de muchos milagros a devotos, como también de castigos a profanos o incrédulos.

Las fiestas de Nuestra Señora de La Asunción, de “La Patrona”, han ido cambiando en su estructuración. Ahora las organiza una sola junta, y se acabó la competencia entre “Día” y “Octava”, y hasta la obligación de estrenar o vestir las mejores galas, para el 15 y 22 de agosto, ha dejado de ser importante. Solamente han quedado los mayordomos, quienes cotizan regularmente para las fiestas, manteniendo en parte la tradición.

Fuente: Libro “La Asunción, Ciudad procera” de José Joaquín Salazar Franco “Cheguaco”

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