Leyendas Venezolanas: El "Brujo" Granadillo

Leyendas Venezolanas: El «Brujo» Granadillo

El sol de la mañana apenas empezaba a calentar las calles de tierra de San José de Barlovento cuando el indio Granadillo ya cruzaba el pueblo portando su elegancia habitual. En aquel Barlovento de principios del siglo XX, ver a un hombre cambiarse de ropa hasta dos veces al día no era un capricho; era una declaración de poder. Con su terno impecable y sus modales finos, muchos juraban que el hombre era millonario. Pero su verdadera fortuna no estaba en las fincas, sino en el conocimiento que le corría por las venas, una herencia directa de sus ancestros indígenas que dominaban los secretos de la tierra y el espíritu.

Granadillo era un imán para la gente. Tenía el don de la palabra; convencía con la misma gracia al peón descalzo y al mantuano de alta alcurnia. Su fama como botánico corría de boca en boca por toda la región. Si el cacao se enfermaba o si en los potreros empezaban a ocurrir esas anomalías inexplicables que arruinaban la moral y el bolsillo de los hacendados, llamaban a Granadillo. Él llegaba con sus hierbas, sus rezos y esa mirada limpia que devolvía la paz a los campos.

Sin embargo, detrás de aquel misticismo y la ropa cara, se escondía el alma de un comediante formidable. En el argot popular, Granadillo era lo que hoy llamaríamos un gran jodedor. Su manejo del teatro, la mímica y la comunicación era tan perfecto que el pueblo entero se convertía en su escenario particular.

El día que consagró su astucia quedó grabado para siempre en la memoria de Barlovento. Un hacendado de inmensa fortuna cayó en cama, convencido de que un mal de ojo o una maldición le carcomía las entrañas. Mandaron a buscar al brujo, quien olió de inmediato la oportunidad perfecta para desplegar su mejor función.

Al llegar a la casona, Granadillo montó una parafernalia digna de la alta comedia:

  • Ordenó desalojar los pasillos y mandó a toda la familia a sentarse en la sala, bajo estricto silencio.
  • Sólo permitió que la esposa del enfermo entrara al dormitorio como testigo presencial.
  • Preparó sus ungüentos, encendió esencias y comenzó a pronunciar unos responsos solemnes, moviendo las manos con un dramatismo que erizaba la piel.

Tras varios minutos de tensión, pases mágicos y jadeos teatrales, Granadillo metió la mano bajo las sábanas y, con la agilidad de un prestidigitador, extrajo un sapo vivo y viscoso que ocultaba en su manga. Al ver el animal que supuestamente habitaba en las entrañas de su marido, la esposa no resistió el impacto y cayó desmayada en el acto.

El hacendado, sintiéndose curado de inmediato por el milagro, no escatimó en gastos. Dicen los viejos cuenteros del pueblo que, por quitarle aquel «sapo» de la barriga, Granadillo cobró la astronómica suma de veinte mil monedas de oro. Así era él: un hombre que curaba con plantas, pero que gobernaba a Barlovento con el arte de la risa y la sagacidad de su ingenio.

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