El llano venezolano es tierra de horizontes infinitos, pero también de mitos que cobran vida cuando el sol se oculta. Entre el repertorio de espantos que habitan la sabana, hay una presencia que ha dejado de ser un simple cuento de camino para convertirse en una advertencia real para los viajeros de la madrugada. Se trata de una aparición silenciosa, un ánima en pena que se manifiesta en los tramos más oscuros y boscosos de la vía nocturna hacia El Baúl, estado Cojedes
Quienes aseguran haberla visto coinciden en una atmósfera que se torna inexplicablemente fría. En medio de la nada, emerge una figura espectral cuya descripción hiela la sangre: lleva una vela encendida sobre la cabeza o la frente, una llama perenne que desafía las ráfagas de viento llanero.
La escena, grabada en la mente de los pocos que se han atrevido a mirar atrás, es sumamente específica: el espectro levanta su brazo y, con un pico, apunta fijamente hacia la zona donde yace un árbol de mora seco. Para los conocedores del folclore local, este árbol es el epicentro de un dolor antiguo, el ancla que amarra a este espíritu al mundo de los vivos.
«Nadie se atreve a hablarle. Es un respeto sagrado y un temor profundo. Cuando esa luz asoma en la carretera, lo único que queda es rezar y aferrarse al volante», comenta un camionero de la región que prefiere mantener el anonimato.
A diferencia de otros espantos del llano que buscan la perdición del viajero —como el Silbón o la Sayona—, los lugareños otorgan a esta aparición un rol dual. Sí, es un alma en pena que causa pavor, pero también actúa como un hermetismo de advertencia.
Se dice que se le aparece a los conductores que transitan a altas horas de la noche con un propósito: alertarlos sobre los peligros inminentes de la vía, ya sean curvas peligrosas, fallas mecánicas o la propia fatiga que duerme a los hombres al volante. Es un recordatorio fantasmal de la fragilidad humana en la inmensidad de la noche.
Este relato, que durante generaciones se ha transmitido de boca en boca al calor de un café cerrero en los hatos, encontró su inmortalidad en el pentagrama de la música llanera. La mística de esta aparición fue plasmada en composiciones que resuenan en las arpas y las voces de la región.
Una de las interpretaciones más emblemáticas y recordadas corrió a cargo de la fallecida cantante Elisa Guerrero, «La muerta de las Galeras«, quien con su potente voz recia se encargó de llevar el misterio, asegurando que la leyenda no se pierda en el olvido del asfalto.
El día termina y la noche vuelve a caer, mientras las luces de los camiones cortan la niebla, el árbol de mora seco espera en silencio. Y para los que viajan tarde, la mirada sigue fija en el retrovisor, buscando la silueta de aquella vela que camina sola en la oscuridad.
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