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Recientemente, Raquel Uribe, presidenta de la Cámara de Comercio, Producción y Puerto Libre de Nueva Esparta, soltó una frase que debería resonar en cada rincón de nuestras islas: «El turismo es el petróleo de Nueva Esparta«. Y no se equivoca. Pero, a diferencia del hidrocarburo que se extrae del subsuelo hasta agotarse, nuestro «oro negro» es un recurso renovable que depende estrictamente de cómo lo tratemos hoy.
Es fundamental que quienes hacemos vida en esta bendecida región insular entendamos una verdad absoluta: el turismo es la columna vertebral de nuestra economía. No importa si usted es médico, mecánico, docente o emprendedor digital; aunque su nómina no diga «hotel» o «agencia de viajes», el flujo de divisas y la dinamización del mercado local dependen de que esos aviones y barcos lleguen llenos. Si al turismo le va bien, la circulación de bienes y servicios mejora para todos.
Sin embargo, tener un yacimiento no garantiza la riqueza si no se sabe administrar. En este sentido, el llamado de atención debe ser directo para los prestadores de servicios. Cuidar nuestro «petróleo» significa, ante todo, blindar la calidad.
La miopía económica de algunos pocos está haciendo daño: la especulación de precios y el intento de «exprimir» el bolsillo del visitante es la vía más rápida para el suicidio comercial. Una ganancia desproporcionada hoy es un turista perdido para siempre mañana. El éxito no reside en cuánto le quitamos al turista, sino en cuánto desea él volver.
Pero el servicio no es solo una transacción monetaria; es una experiencia cultural. Nuestra ventaja competitiva no son solo las playas de aguas cristalinas —que sobran en el Caribe—, sino nuestra esencia. Debemos ser embajadores de nuestra gastronomía autóctona, de nuestros cantos de galería, de nuestros bailes y de esa hospitalidad margariteña que nos hace únicos. El turista no solo busca un toldo y una silla; busca una historia que contar cuando regrese a casa.
Cuidar nuestro «petróleo» es una tarea compartida. Pasa por una sonrisa al dar una dirección, por mantener nuestras calles limpias y por ofrecer un trato justo. Si logramos que cada visitante se sienta respetado y asombrado, habremos garantizado la producción de nuestra «refinería» emocional por décadas.
Atendamos bien, cobremos lo justo y mostremos con orgullo lo que somos. Solo así haremos que el destino Nueva Esparta no sea una moda pasajera, sino el puerto seguro al que todos siempre quieran regresar.
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