La Crónica de Edward Ernández Caraballo: Zeppelin en Porlamar

Y ocurrió aquella calurosa mañana margariteña de septiembre de 1944, cuando de improviso se dejó ver bajo nubes, asomándose por los lados de la Isleta, un inusitado “vicharengo” gris que avanzaba sigilosamente, sobre el Pueblo de la Mar.

Los pobladores del pequeño pueblo marino, a falta de conocimiento, comenzaron a rezar y pedirle a Dios y a la Virgen del Valle, los salvara de ese desconocido objeto que les parecía un pepino gigante interplanetario. Las autoridades policiales, totalmente desinformadas, se atrincheraron con sus máuseres en el techo de la casa de Chico Cedeño. Estaban decididos a combatir contra esa terrible amenaza interastral.

Los curas carmelitas, dirigidos por el padre Planas, salieron a la calle y trataron de calmar a los aterrorizados vecinos. A medida que el artefacto espacial se acercaba a la bahía porlamarina, la lloradera colectiva aumentaba. Desde la iglesia San Nicolás, Vito Gómez y Conchito salieron presurosos a regar agua bendita por la calle Guevara hasta la esquina del Cañón.

Los perros realengos, ladraban en demasía como llenos de gozo y mirando hacia lo alto, porque en esa nave, supuestamente, se llevarían para Chacopata como exiliado político, al verdugo de Pitoño, presidente vitalicio de la OPEP (Organización Porlamarense de Envenenadores de Perros).

El pícaro de Moncho Buitre, apresurado, subió al Faro de la Puntilla con su gomero y, una docena de calimbocos, más un machete cola e’ gallo, que se había robado en la bodega de Beltrán y Rosaelvira. para enfrentar a la ofensiva invasora. “Desde aquí no los pelo”, decía el Buitre.

Sobre el muelle de tablas, Cachoche, el afamado policía, armado con su revólver 38 vociferaba que estaba dispuesto a encarar a los intrusos, en caso tal de que trataran de asaltar y destruir a su querida Porlamar. Y mientras transcurría el tiempo, el siniestro aparato volador, dirigía su rumbo sobre el centro del pueblo. Ante los hechos, Vito Vásquez, el Iluminado de la calle Meneses, como loco, chillaba: ¡Escóndanse que es la invasión de Mongo!… ¡Es la invasión de Mongo! Por su lado, Savicñac, el gran fotógrafo del pueblo, aprovechaba el histórico momento, tirando y tirando fotos, que aún perduran como prueba fehaciente del inusitado hecho.

¡Están saludando! Gritaron los pobladores cuando vieron a los tripulantes que desde el puente de mando, parecían unos muñequitos que lanzaban objetos en unas especies de pequeños paracaídas. ¡No se asusten que eso es un Zepelín norteamericano!, indicaba a gritos en medio de la calle Igualdad, el periodista Salvador Ernández, primera autoridad civil del pueblo para la época.

En fin, ya en horas de la tarde, todos vieron alejarse al enorme dirigible, marcando rumbo sobre el cerro del Morro, dejando ese recuerdo a los nativos que jocosamente, aprovecharon la ocasión, para cambiarle el apodo a “Carlitos Barrigón” por el de “Carlitos Barriga e’ Zepelín”.

¡Ahora bien, pasado los años, los margariteños seguimos preguntándonos: ¿Qué carajo hacía ese Zepelín norteamericano volando a baja altura sobre Porlamar a finales de la II Guerra Mundial? ¿Sería que desvió su derrotero o, que sus tripulantes, aprovechando septiembre, querían ir a bailar una guarachita en la Fiesta del Valle en el bar La Uva, con Loña, al compás de Bejazmín y su acordeón? Como diría la Cachicata con su voz meliflua…uno nunca sabe mijito, uno nunca sabe.

(Sagitario200902@hotmail.com)