El calendario marca hoy jueves 30 de abril de 2026, y para el pueblo neoespartano, la fecha no es un día cualquiera. Se cumplen tres décadas y un año desde que el asfalto de la carretera El Tigre-Barcelona enmudeciera, en un instante trágico, la voz más impetuosa de la insularidad: José Ramón Villarroel, el eterno «Huracán del Caribe«.
Aquel fatídico accidente automovilístico no solo segó la vida de un hombre; fracturó el corazón de una identidad regional que encontraba en sus versos el eco de las olas y el sentir del margariteño de a pie.
El Maestro de la Décima y la Métrica
Si algo distinguía a Villarroel no era solo su potencia vocal, sino su rigor técnico. En el mundo del galerón, donde la improvisación suele castigar la estructura, José Ramón se alzaba como un arquitecto de la palabra. Manejaba con una precisión casi matemática:
- Rimas consonantes perfectas: Sus espinelas eran piezas de relojería poética.
- Licencias poéticas: Dominaba la sinalefa y la sinéresis para que cada verso fluyera sin tropiezos rítmicos.
- Pulcritud literaria: Es recordado como el decimista más excelso de Venezuela, un título ganado a pulso en cada «contrapunteo».
Su legado no se quedó en las costas de Margarita; Villarroel fue un embajador que llevó la tradición oral venezolana a escenarios internacionales, demostrando que el folklore no es un arte menor, sino una disciplina de maestros.
Un vacío en la Cruz de Mayo
La cercanía del mes de mayo hace que su ausencia se sienta con mayor rigor. Las festividades de la Velada de la Cruz de Mayo perdieron a uno de sus defensores más férreo. Los galeristas de hoy aún buscan en el viento ese giro melódico y esa astucia mental que solo «El Huracán» poseía.
«El Galerón perdió una de sus voces, la Cruz de mayo lloró, porque se le fue uno de sus cantores.«
A 31 años de su partida física, la figura de José Ramón Villarroel sigue vigente en las escuelas de canto tradicional y en la memoria colectiva de Nueva Esparta. Su nombre es sinónimo de resistencia cultural y de la defensa de lo nuestro.
Hoy, mientras el sol se pone sobre las playas de su tierra, el eco de su «huracán» sigue soplando con fuerza, recordándonos que los grandes poetas nunca mueren del todo mientras su pueblo siga cantando sus décimas.
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