Con la llegada de mayo, el termómetro comienza su ascenso imparable y, casi al unísono, surge una banda sonora inconfundible en nuestros campos y jardines. No es el trino de un ave ni el susurro del viento; es el vibrante y, a veces, extenuante sonido de las cigarras, también conocidas popularmente como chicharras.
Estos insectos, que parecen invisibles ante el ojo humano, se convierten en los protagonistas absolutos del paisaje sonoro estival. Pero, ¿qué se esconde tras ese ruido que parece intensificarse con cada grado que sube la temperatura?
Maestras del camuflaje
A pesar de su potente presencia auditiva, ver una chicharra de cerca es un auténtico desafío. Su fisionomía está diseñada para la supervivencia:
- Tamaño reducido: Apenas alcanzan los 6 cm de longitud.
- Mimetismo: Sus colores marrones y verdosos las confunden perfectamente con la corteza y las ramas de los árboles.
- Cautela: Poseen un instinto agudo; al detectar presencia humana o cualquier posible amenaza, guardan un silencio sepulcral de inmediato.
¿Canto o «estridulación»?
Aunque comúnmente decimos que las chicharras «cantan», la ciencia nos corrige: lo que hacen es estridular. A diferencia de los grillos, que frotan sus alas, las chicharras poseen un mecanismo mucho más complejo.
Solo los machos emiten sonido. No utilizan la boca, sino unos órganos especializados en su abdomen llamados timbales. Estas membranas se inflan y desinflan rápidamente, haciendo vibrar sacos de aire que actúan como cajas de resonancia.
Un termómetro biológico
Existe una relación directa entre el clima y la potencia de su estridulación. A mayor calor, mayor energía y frecuencia en su sonido. Por ello, durante las olas de calor o en las horas centrales del día, el ruido puede volverse verdaderamente insoportable para el oído humano.
Sin embargo, para ellas, este estruendo es un lenguaje vital. Los machos varían el ritmo y la intensidad según su objetivo:
- Marcar territorio: Advertir a otros machos que el árbol ya tiene dueño.
- Señal de alarma: Avisar de un peligro inminente.
- Cortejo: Atraer a las hembras.
Una audición prodigiosa
Si el macho es el emisor, la hembra es la receptora perfecta. Ellas poseen un tímpano mucho más grande y sensible que el de sus contrapartes masculinas. Esta adaptación evolutiva les permite filtrar el ruido ambiental y localizar la llamada de un macho incluso a un kilómetro de distancia.
Así, mientras nosotros buscamos la sombra para escapar del bochorno de mayo, las chicharras aprovechan el fuego del sol para perpetuar su especie en un ciclo tan antiguo como la naturaleza misma. Un fenómeno increíble, pero absolutamente cierto.
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