Leyendas Venezolanas: El Fantasma de Juan de El Morro

Leyendas Venezolanas: El Fantasma de Juan de El Morro

Las aguas de la Represa de Las Majaguas, un imponente espejo de agua que se extiende entre los límites de los estados Portuguesa y Cojedes, guardan mucho más que el sistema de riego que prometió modernizar el agro venezolano en el siglo XX. Bajo su superficie, donde los árboles secos emergen como dedos de madera que claman al cielo, habita una creencia tan profunda como el fondo de su cuenca: la leyenda de Juan de El Morro, el ánima protectora, juez y señor absoluto de este territorio acuático.

Para los pescadores locales y los habitantes de caseríos como La Esperanza y Los Tanques (en la jurisdicción de Araure), la represa no es solo un recurso económico; es un templo vivo donde la delgada línea entre el respeto y la tragedia se cruza con un solo error.

«De que existe, existe, y aquí en la represa Juan de El Morro es el apoderado», asegura con voz firme Guadalupe Vásquez, un respetado espiritista de la zona.

A diferencia de los santos católicos que adornan los altares de los hogares llaneros, el «Palacio» de Juan de El Morro, ubicado en las faldas del imponente cerro del mismo nombre, es un altar sin imágenes. Allí solo hay grutas adornadas con la bandera nacional, donde los creyentes depositan un litro de aguardiente, chimó, tabacos y velas.

Los baquianos explican que Juan es un espíritu de naturaleza dual, propio del culto marialioncero. Puede otorgar una pesca milagrosa y abundante (repleta de coporos, bagres, pargos y bocachicos), pero también cobra con la vida a quienes osan desafiar su autoridad o entran a sus dominios sin pagar el debido tributo. Un trago de aguardiente lanzado al embalse y una pella de chimó son el «peaje» obligatorio para regresar a salvo a casa.

Las crónicas de la comunidad están plagadas de advertencias. Tomás Arellana, un pescador local, aún recuerda con horror el día en que un joven vecino llamado Félix se sumergió en la represa tras el rastro de un pargo blanco y nunca volvió a salir.

Sin embargo, el relato más escalofriante de los lugareños se centra en los buzos de rescate. Quienes se han sumergido en las profundidades de Las Majaguas aseguran haber visto los cuerpos de los ahogados en una postura perturbadora: sentados o agachados, con los ojos abiertos de par en par, aferrados a arpones o atrapados en el fondo.

«El muchacho se perdió y dicen que los buzos lo encontraron en el fondo, pero que no lo pudieron sacar porque estaba agachado y metido dentro de un rollo de culebra muy grande», relata Vásquez sobre otro joven de Acarigua que desafió al espíritu diciendo que le «daría la mano a Juan de El Morro».

La mención de la culebra no es casual. Los ancianos del lugar, como Don Pancho García, recuerdan que antes de la construcción del embalse existía allí una laguna llamada La Cañada, hogar de una serpiente monstruosa de doce metros de largo y escamas gruesas. Al inundarse el sector, el mito urbano asegura que el animal pasó a ser el brazo ejecutor y guardián de los secretos de Juan de El Morro.

Quizás el elemento más fascinante de este reportaje, donde el mito se funde con la historia contemporánea de Venezuela, es la leyenda del pacto político-espiritual que dio vida a la represa en la década de 1950.

Durante el gobierno del general Marcos Pérez Jiménez, el inicio de las obras de ingeniería civil se vio obstaculizado por constantes accidentes, muertes de obreros y fallas inexplicables que amenazaban con paralizar el proyecto. La creencia popular afirma que el dictador, consciente del poder místico de la zona, acudió a la sagrada Montaña de Sorte, en Yaracuy, para negociar directamente con Juan de El Morro a través de la mediación del reconocido espiritista Pedro Soterano.

El trato, según la tradición oral, fue tan pragmático como macabro: Juan de El Morro cedía sus terrenos y su laguna para la construcción de la majestuosa obra del gobierno. A cambio, el general le otorgaba el poder para reclamar, durante un lapso de 40 años, todas las almas de los seres humanos que fallecieran en el tramo vial entre Apartaderos y Acarigua. Estas almas nutrirían los dominios subacuáticos del espíritu, convirtiéndose en sus súbditos.

Quienes defienden esta teoría señalan que el pacto se cumplió rigurosamente en 1995, explicando así la pavorosa cantidad de accidentes de tránsito mortales que diezmaron a centenares de familias en la vieja carretera Caracas-Acarigua durante esas cuatro décadas.

Hoy en día, la Represa de Las Majaguas es un cementerio de recuerdos. En las épocas de fuerte sequía veraniega, el agua retrocede y deja al descubierto las cercas de las viejas fincas, puentes, escuelas y la carretera vieja que quedaron ahogadas bajo el embalse. Es común ver a los baquianos caminar con el agua a la cintura en medio de la nada, un truco visual que asombra a los turistas pero que no es más que el conocimiento exacto de las calzadas inundadas.

En los caseríos periféricos, el respeto al mundo de los muertos sigue vivo a través de rituales como el «Rosario para la Calle». Una tradición donde, a la medianoche de la última noche de la novena, los hombres de la familia sacan la cruz del difunto caminando de espaldas hacia el camino viejo, con el temor latente de que si miran atrás, el muerto regresará para penar entre los vivos.

La leyenda de Juan de El Morro sobrevive al paso del tiempo y a la modernidad. Es el testimonio vivo de un llano venezolano que se niega a olvidar sus mitos y que, ante la inmensidad de las aguas de Las Majaguas, prefiere seguir lanzando un chorro de aguardiente al suelo antes de abordar la lancha, por si acaso «el dueño» está observando desde el fondo.

Fuente: Guao

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