La alcancía de las palabras y sus coroticos: Tío gato llamó a comer a los conejitos y estos salieron «esmachetados»

La alcancía de las palabras y sus coroticos: Tío gato llamó a comer a los conejitos y estos salieron «esmachetados»

En un pintoresco rincón de Cerro Hondo, muy cerca del rancho de los herederos del Sr. Adolfo Cedeño, floreció una hermosa y singular amistad entre una pareja de gatos y cinco conejitos. Con el tiempo, la convivencia entre ellos se volvió tan estrecha que compartían las faenas diarias. Tanto tío gato y tia gata, como los conejitos aprendieron el noble arte de sembrar maíz y chaco junto a los agricultores que heredaron la tradición conuquera del señor Adolfo. De hecho, gracias a esta alianza campestre y al trabajo en la tierra, los felinos terminaron convirtiéndose en estrictos vegetarianos.

Una tarde, mientras una suave llovizna refrescaba Cerro Hondo, Tío Gato se dispuso a preparar la cena. Mientras cocinaba una apetitosa tortilla de calabacín con huevos de guacharaca, los conejitos correteaban alegremente por el jardín. Apenas estuvo lista la comida, Tío Gato asomó la cabeza por la ventana y gritó con sus ojos brillosos y voz potente:

¡Vamos a comer conejitos!

Al oír aquello, los conejitos se miraron aterrados y salieron en veloz carrera montaña arriba. Corrieron tanto que atravesaron el monte hasta llegar a la sierra de la Sra. Jacinta, donde se refugiaron atemorizados en la estructura abandonada de un viejo horno de casabe.

Pasaron los días. Los gatos, tristes por la repentina ausencia, extrañaban la alegría de sus pequeños compañeros. Por su parte, los conejitos sentían nostalgia por el hogar, pero el recuerdo de aquellas palabras aún los llenaba de espanto. Impulsados por el cariño, de vez en cuando se colaban sigilosamente cerca de la casita para observar a Tío Gato y Tía Gata a la distancia.

Una mañana, mientras los conejitos vigilaban escondidos entre la vegetación, vieron a Tío Gato colocar un letrero en el centro del jardín. El cartel llevaba escrito un mensaje muy claro:

«Vamos a comer, conejitos»

El conejito mayor observó con atención la pancarta, se acomodó los bigotes y sonrió al comprender el malentendido. Les explicó entusiasmado a sus hermanos:

¡Miren bien! Tío Gato solo nos estaba invitando a cenar. La primera vez no le entendimos bien porque al hablar no hizo la pausa adecuada, ¡pero miren el letrero! Está usando la coma vocativa para llamarnos afectuosamente.

Aclarado el enredo, los cinco conejitos salieron disparados de regreso a la casita. Allí se reecontraron entre abrazos con Tío Gato y Tía Gata, para luego sentarse juntos a la mesa a disfrutar de una reconfortante crema de zanahoria con rodajas de chaco al horno.

Por:

Otilca Radio

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2026-08-28