De cuando dos Guacamayos llegaron a Tacarigua – Isla de Margarita

Crónicas

La Tacarigua de Margarita es un pueblo tranquilo, pero más lo era en el siglo pasado. Por eso si buscamos en la cinta de la historia y nos vamos a nuestra niñez, vemos unos hechos que a pesar que no eran grandes acontecimientos, rompían ese cristal de quietud que tenía nuestro terruño.

Por ejemplo: El caso de dos guacamayos que llegaron a Tacarigua en la década de los sesenta, que fueron traídos desde El Tigre(Anz) por la Sra. Modesta Ordaz, a quien Dios tenga en su gloria, por sus hechos caritativos y sobre todo para aquellos que eran más desposeídos.

El suceso fue que esto dos Guacamayos, vinieron con su alegría y alboroto, a romper con la rutina, pues andaban en el pueblo con sus gritos: Rooooberto… Rooooberta, que así se llamaban, pues Modesta así los bautizó en honor a una pareja de amigos, que tenían esos nombres. Estas aves lucían sus colores amarillos y azules, que resplandecían ante el espejo del astro rey.

“Cállense vergajos, que no me han dejado dormir en toda la tarde”, les gritaba la vecina Ana María González, cuando los guacamayos empezaban con su alboroto después del mediodía. De ese tiempo fue que Choro el de Modesta llamó a Ana María, y ésta acudió al llamado y empezó a responder unas preguntas que le hacían tanto Choro como su amigo Miguel Cova; después le prendieron un grabador y cuando la mujer oyó aquello, exclamó asombrada: “Soverg… y ese aparato habla”.

Nos contaba la amiga y periodista Norma Orta, que un día su mamá tuvo que viajar y dejó a Roberta y Roberto con su tía Victoria, y cuando regresó, se encontró que las dos aves decían: Viva AD, y como Modesta era urredista, señaló: “Como ustedes se metieron a adecos y yo soy de URD, quédense con Victoria”.

Por eso un día Roberto muy cerca de la vivienda de su tía Victoria, jugueteando con los cables de un poste, frente a la casa de Cheguaco, se le electrocutó y sería tal el impacto del corrientazo que su cabeza quedó guindada al cordón eléctrico y la otra parte de su cuerpo se desprendió, cayendo al pavimento.

Un tiempo después Roberta se murió de tristeza, dejando a Tacarigua sin el colorido y el alboroto de estas aves, que tenían el azul y el amarillo de nuestra bandera.

Un pequeño episodio, al igual que otros que están regados por todos los pueblos insulares esperando por los historiadores para que los plasmen en sus escritos.

Emigdio Malaver G. / emalaverg@gmail.com