El mes donde el silencio se hizo música en Margarita

Hay fechas que la memoria colectiva guarda no por el júbilo, sino por el eco profundo de un vacío. Para la cultura de Nueva Esparta, el 1 de febrero no es un día cualquiera; es una cicatriz en el calendario que nos recuerda que la belleza, a veces, se nos va de las manos antes de tiempo. Hace trece años, la brisa margariteña perdió una de sus notas más dulces, y desde entonces, el segundo mes del año llega con un sabor a nostalgia y mandolina.

Johnny Escobar: El prodigio que se hizo brisa

En el año 2013, la noticia corrió como una marea amarga: Johnny Escobar había partido a la eternidad de manera repentina. Con él se iba un virtuoso, uno de los «hijos musicales» más brillantes del maestro Alberto Valderrama Patiño. Johnny no solo tocaba la mandolina; la hacía hablar. Pero su genio no se detenía allí; el piano, los teclados y el bajo también cedían ante su maestría, convirtiéndolo en un multinstrumentista excepcional.

A pesar de su juventud, su huella fue indeleble. Fue la firma invisible detrás de grandes producciones, el alma de la Estudiantina de la UDO Nueva Esparta y el creador sonoro tras el éxito de voces como Jennifer Moya. Johnny fue, sobre todo, un pilar fundamental de Opus 4, esa agrupación que elevó la música tradicional margariteña a los altares de la elegancia. Hoy, su ausencia sigue siendo un hondo vacío que solo se llena al escuchar los acordes que dejó sembrados en el tiempo.

Cheo González: El arquitecto del canto eterno

Tres años después del adiós de Johnny, en 2016, la tragedia volvió a ensombrecer la isla. Manos facinerosas silenciaron la voz de José «Cheo» González, el hombre que lograba el equilibrio perfecto entre la estructura del arquitecto y la sensibilidad del artista. Cheo diseñaba espacios con su profesión, pero construía templos de emoción con su garganta.

Poseedor de una voz cálida, capaz de abrazar el alma de quien lo escuchaba, Cheo inmortalizó temas que hoy son pilares del cancionero venezolano. Su paso por Barquisimeto 4 y, por supuesto, por Opus 4, dejó claro que su talento no conocía límites regionales. Él y Johnny coincidieron en ese ensamble prodigioso, uniendo sus dones para marcar positivamente el rumbo de nuestra identidad musical.

Dos nombres, una misma melodía

La historia de la música margariteña tiene capítulos escritos con tinta de oro, pero los nombres de Johnny y Cheo están escritos con tinta indeleble: esa que no se borra con el paso de los años ni con el olvido. Ambos fueron pilares de un sonido que nos define, que nos hace sentir el olor a salitre y la fuerza de los médanos en cada compás.

Hoy, un nuevo primero de febrero nos invita a cerrar los ojos y escucharlos. Aunque sus voces físicas se hayan apagado, su legado sigue vibrando en cada mandolina que llora un polo margariteño y en cada arquitecto que, al trazar una línea, recuerda que la música es la estructura más perfecta del espíritu.

Nueva Esparta no los olvida. Porque mientras suene una nota en esta tierra de gracia, Johnny y Cheo seguirán presentes, engalanando la eternidad.

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