En la estela del terremoto: Guía psicológica para afrontar la pérdida y la incertidumbre

En la estela del terremoto: Guía psicológica para afrontar la pérdida y la incertidumbre

El impacto de un movimiento telúrico de gran magnitud no se limita al colapso de las estructuras físicas; la verdadera réplica, a menudo la más silenciosa y devastadora, ocurre en el mundo emocional de quienes lo sobreviven. Cuando el suelo se estabiliza, da inicio un proceso complejo, especialmente si nos enfrentamos a la dolorosa certeza de haber perdido a seres queridos o al desgaste suspendido de tener familiares y amigos desaparecidos.

Como profesionales de la salud mental, entendemos que el trauma no es una reacción anormal, sino una respuesta normal ante una situación completamente extraordinaria. A continuación, se detallan las pautas fundamentales para navegar las primeras horas y días posteriores a la catástrofe.

1. El Manejo de la Incertidumbre (Familiares Desaparecidos)

La falta de información sobre el paradero de un ser querido genera lo que en psicología denominamos duelo ambiguo. Es un estado de congelamiento emocional donde la mente oscila entre la esperanza y la desesperación, lo que resulta sumamente agotador.

  • Canalice la búsqueda de forma estructurada: Designe a una sola persona del núcleo cercano para que sea el contacto oficial con los cuerpos de rescate y las instituciones de salud. Esto evita la saturación de rumores y la sobreexposición a datos falsos.
  • Dosifique la exposición a los medios: Estar pegado a las redes sociales o a las transmisiones en vivo buscando imágenes del lugar del desastre incrementa los niveles de cortisol y la ansiedad generalizada. Establezca horarios específicos para informarse.
  • Permítase el «no saber»: Es natural sentir culpa por intentar descansar o comer mientras alguien falta. Recuerde que mantener un mínimo de energía física es indispensable para poder reaccionar cuando se reciba información real.

2. El Primer Impacto de la Pérdida Confirmada

Cuando la pérdida se confirma, el estado de shock inicial puede manifestarse como una profunda anestesia emocional (no sentir nada) o, por el contrario, como una crisis de angustia incontrolable. Ambas respuestas son válidas.

  • Evite la presión del «tengo que ser fuerte»: Llorar, gritar o el silencio absoluto son mecanismos de defensa válidos. No intente contener sus emociones ni exija a los demás que lo hagan.
  • Cuidado mutuo en comunidad: El dolor colectivo sana en colectivo. Busque el apoyo de vecinos, amigos supervivientes o redes comunitarias. Hablar de lo vivido con quienes compartieron la experiencia ayuda a procesar la realidad del evento.
  • Atención a las necesidades básicas: El trauma anula el apetito y el sueño. Forzar pequeños sorbos de agua y alimentos ligeros, así como descansar el cuerpo aunque no se logre conciliar el sueño profundo, es crucial para evitar el colapso físico.

3. El Acompañamiento a los Niños y Adultos Mayores

Los extremos de la vida requieren un cuidado diferenciado en situaciones de desastre:

  • Con los niños: Utilice un lenguaje honesto, claro y adaptado a su edad. Evite metáforas como «se quedó dormido» o «se fue de viaje», ya que generan confusión y miedo a dormir o a los traslados. Monitoree conductas de regresión (volver a orinarse en la cama, miedo extremo a separarse) y bríndeles constante contacto físico y seguridad.
  • Con los adultos mayores: Asegure la continuidad de sus medicamentos crónicos si es posible. La desorientación puede aumentar tras el caos; manténgalos informados con calma, valide sus temores y evite dejarlos en aislamiento de las decisiones familiares.

Las primeras semanas son de adaptación y supervivencia emocional. Sin embargo, si pasadas las primeras cuatro a seis semanas los síntomas de insomnio severo, las imágenes intrusivas del evento (flashbacks), el pánico o la incapacidad de realizar actividades básicas persisten de manera inalterable, es fundamental buscar el apoyo de especialistas en psicotrauma o primeros auxilios psicológicos. Sanar el tejido emocional requiere tiempo, paciencia y, sobre todo, compasión con uno mismo.

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