Samuel González Castrillo, Director Fundador del Grupo Otilca, en la cabecera del editorial sobre el peligro de las escuelas masificadas

La educación y las ciencias del desarrollo humano atraviesan hoy su prueba de fuego más amarga: la lucha entre la integridad del propósito y el instinto de supervivencia. No es secreto para nadie que el profesional de la enseñanza o el especialista neuroeducativo camina sobre un terreno minado de dificultades donde el vacío económico presiona cada decisión diaria. Sin embargo, en medio de esta tormenta, surge una pregunta que no podemos evadir: ¿estamos impulsando una canalización efectiva o estamos permitiendo que las presiones externas conviertan nuestra práctica en un ciclo de cuidados paliativos que nunca buscan la autonomía del estudiante?

Existe una vieja anécdota de la picaresca médica que ilustra este peligro con crudeza. Se cuenta que un viejo médico de pueblo mantuvo a su familia durante años gracias a un paciente adinerado con un dolor de oído crónico. El «secreto» era una garrapata que el doctor jamás extraía, limitándose a aplicar gotas que calmaban el dolor para asegurar el regreso mensual del paciente. Cuando su hijo, recién graduado y cargado de ética juvenil, atendió al hombre en ausencia del padre, extrajo el insecto y lo liberó definitivamente. La respuesta del viejo médico al enterarse fue un lamento devastador: «¡Hijo mío, acabas de matar a la que pagó tus estudios y tu título!».

«La verdadera vocación es tener el valor de extraer la barrera que detiene al estudiante, incluso cuando el sistema nos empuja a necesitar que el proceso se prolongue para subsistir.»

Esta analogía, aunque dolorosa, resuena en muchos espacios actuales. En las áreas neuro y psicoeducativas, el «no solucionar» o el postergar el recurso definitivo puede convertirse, a veces de forma inconsciente, en una respuesta desesperada ante las propias necesidades del profesional. Cuando la investigación constante y la preparación se detienen, corremos el riesgo de convertir el diagnóstico en una renta y el proceso de acompañamiento en un síntoma crónico.

Un docente con vocación clara entiende que su rol frente a la sociedad y la nación es sagrado. Sabemos que nos encontramos frente a un panorama que exige sacrificios personales que rozan lo heroico, pero la generación que crece bajo nuestro cuidado no puede ser el rehén de nuestras urgencias personales. La preparación académica y la investigación no son lujos, son los bisturís éticos con los que operamos sobre el futuro.

En la Unidad Educativa Johnny Escobar (UEJE) y a través del Modelo Educativo Otilca, hemos aprendido que la verdadera ética profesional florece cuando el bienestar del estudiante es la meta. No se trata de atacar al profesional que lucha con carencias o salud personal debilitada, sino de elevar el llamado a la canalización efectiva. Al final del día, nuestra mayor recompensa no es el estudiante que permanece dependiente, sino el ciudadano que se marcha hacia su éxito porque ya posee los recursos para un mejor vuelo.

Por: Samuel González Castrillo Director Fundador del Grupo Otilca

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