HUELLAS Y PRESENCIAS INSULARES: HABLANDO CON EL MAESTRO FRANCISCO NARVÁEZ

Huellas y presencias insulares

Estaba sentado, como esgrimiendo su reclamo debajo de los árboles que se elevan al cielo en la Plaza Bolívar de Porlamar.

Conversábamos… y la gente veía que en mi soledad nombraba a alguien, sólo yo oía a ese alguien contestándome enojado, lleno de descontento justificado. Las angoletas que chorrean todo cuando buscan sus nidos sobre las ramas de los robles, testificaban el encuentro.

Su trinar, la razón del monólogo Invisible en ese lugar. Otrora nos tropezamos y por eso el reconocimiento inmediato del maestro a pesar del ruido automotor. “¿No te parece que aquí todo es improvisado? ¿Qué mi ciudad, aquella que dejé obligado cuando fui a otras latitudes a estudiar, no es mi ciudad? ¿Qué su silencio lo borró la vorágine, que la gente anda lerda o aturdida de tanto pensar en cosas bonitas que nunca llegan? ¿Qué tenemos un remedo de autoridades municipales? ¿Qué los gobernantes estatales se divorciaron de la ciudad marinera, mi ciudad, pobre ciudad que adolece de todo, hasta de dolientes? ¿Qué el esfuerzo hecho por mí, en mi taller del pensamiento y la creatividad, después de andar por ahí buscando espacio, por Caracas, por París, dígame usted, por París, sólo por aquí no avanzamos, se ha desvanecido? ¡Por Dios! ¿Cómo puedo perdonar a los que me ofenden?

A quienes han relegado mis obras a la absoluta e incomprensiva tragedia de la itinerancia inexcusable: mire usted mi Ronda, mis mujeres danzantes, con sus pies descalzos sobre un redondel de concreto donde borrachos y meretrices vacían sus vejigas cada noche en que la ciudad agoniza bajo las sombras del delito, expuestos a un sabañón incurable, como la ignorancia de los que no tuvieron otra ocurrencia que colocarla en el sitio menos apropiado, donde está. Porque todo el mundo hace con mi creación lo que le viene en gana, sin que yo pueda levantarme corporalmente a reclamarles tanta abulia.

Solo mi espíritu ronda cada instante buscando la recapacitación, más que la reflexión de los responsables de semejantes desatinos. Pero, ¿No crees que sea perdonable? Pues generalmente la ciudadanía comete el error de darle poder a los mediocres, que en medio de la ruindad, poco les importa la cultura, sin saber siquiera que ésta es historia y la historia la cultura fundamental del hombre. ¿Te molesta el ruido de las angoletas? A mí me molesta más el desconocimiento oficial, perdóname la inmodestia, sobre lo invalorable de mi obra y la de otros tantos coterráneos, tan artistas como yo. Tú me conoces. Claro, el maestro de maestros, el Premio Nacional de Escultura y de Pintura, el Maestro Francisco Narváez…

Y así nos fuimos caminando y conversando por la Calle Igualdad… y la gente me miraba con dejos de curiosidad, seguramente pensando que era un loco hablando solo. Entrando al Museo de Arte Contemporáneo que lleva su nombre recordé que ese mismo día, 4 de octubre, estaba de cumpleaños. Porque nació ese mismo día en 1908; en la misma ciudad pura de ayer y atormentada de hoy… se fue por los pasillos del museo acusando e invocando respeto por sus obras. Yo volví al banco de la plaza donde las angoletas siguen con su canto imperturbable.

(Tomado de Euro Omar Gil en la Revista INSULARIDADES Nº 2, octubre 2004).

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