La historia de las mujeres en Venezuela no se escribe solo en los salones de la aristocracia ni en los despachos presidenciales. Se escribe, sobre todo, en el asfalto y en la resistencia popular. Si en la independencia tuvimos a la audacia de Concepción Mariño o la entereza de Luisa Cáceres de Arismendi, el siglo XX margariteño parió a una figura que no necesitaba fusiles para hacer temblar al poder: Juana González de Betancourt, mejor conocida como Juanita «La Tumba Gobierno».
Una Mujer de Armas Tomar (y de lengua afilada)
Nacida en la emblemática Calle San Nicolás de Porlamar el 4 de febrero de 1909, Juanita creció con el salitre en las venas y la justicia en el pecho. Fue una de las pioneras del comercio informal en Porlamar, pero su verdadera «mercancía» era la protesta.
Durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, mientras muchos bajaban la cabeza ante la Seguridad Nacional, Juanita se plantaba firme. Su historial con «La Ley» no era por delitos comunes, sino por su negativa rotunda a dejarse, como dirían en buen oriental, «joder por nadie».
Entre la Protesta y el Mito: ¿Por qué «Tumba Gobierno»?
Existen dos versiones sobre su pintoresco apodo, y ambas pintan de cuerpo entero la idiosincrasia de la mujer venezolana:
- La Guerrera Social: Su constante activismo contra las deficiencias de los servicios públicos y el alto costo de la vida. Sus gritos en las plazas y su presencia en las protestas regionales eran tan potentes que se decía que podía desestabilizar cualquier gestión.
- La Leyenda de Alcoba: La versión más pícara —y muy difundida en las parrandas margariteñas— cuenta que Juana mantenía un romance con un alto jerarca del gobierno. Según el mito, durante un encuentro íntimo (o como describe la crónica popular: «metiendo el burro en la sombra»), al caballero le falló el corazón, falleciendo literalmente sobre ella.
De este último episodio nació una décima que quedó grabada en el folclore local
Cuando Juanita se vio con el hombre encima muerto le preguntó si era cierto y éste no le contestó... enseguida ella corrió a dar parte a la autoridad: "Señor, en mi casa está un caballero decente que se ha muerto de repente acabando de almorzar".
Juanita fue mucho más que un apodo jocoso. Fue una mujer trabajadora, jocosa y de un carácter volcánico que inspiró a poetas y compositores que veían en ella el reflejo del gentilicio ñero: valiente, frontal y con una chispa inagotable.
Falleció el 15 de abril de 1984, a los 82 años, dejando un vacío en las calles de Porlamar que antes recorría con su pregón.
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