El cine tiene la capacidad de transformar realidades, conectar mundos distantes y sanar heridas del pasado. El estreno mundial de La muerte no tiene dueño, el tercer largometraje del realizador venezolano Jorge Thielen Armand, en la prestigiosa Quincena de Cineastas del Festival de Cannes, es la prueba viviente de ello.
La película narra la intensa historia de la heredera de una plantación de cacao—interpretada por la célebre actriz italiana Asia Argento—quien tras una larga ausencia regresa a su propiedad, desencadenando una espiral de violencia que explora temas tan actuales como las invasiones, las expropiaciones y la defensa a capa y espada de la pertenencia territorial.
Detrás de las cámaras y horas antes de su debut en la gran pantalla, el equipo técnico y artístico experimenta una mezcla de orgullo y emoción. El rodaje, llevado a cabo en Puerto Cabello (estado Carabobo), se convirtió en un catalizador de vidas, uniendo la inocencia del talento emergente con la cruda honestidad de la experiencia personal.
De trenzadora en Patanemo a la gran pantalla
La búsqueda de autenticidad llevó al equipo de casting, liderado por Tatiana Mabo, hasta el remoto y hermoso pueblo de Patanemo. Allí, en la puerta de su casa y mientras se dedicaba a su oficio de trenzadora, encontraron a Dogreika Tovar. Sin experiencia previa en la actuación, Dogreika asumió el inmenso reto de encarnar a Sonia, un rol principal en el que comparte escenas con figuras de la talla de Asia Argento.
«Para mí fue un proceso totalmente extraño… Al principio estaba preguntándome ‘¿y esta gente quién es?’«, confiesa Tovar entre risas. «Pasé el casting y me monté en este bus que me encantó».
El reto fue superado con creces gracias a una ardua preparación. Para Dogreika, la ficción imitó a la realidad de forma impactante: «Cuando empezó el rodaje, yo estaba pasando por algo similar con mi casa. Por lo tanto, me familiaricé bastante con el papel… esta película me dio esa enseñanza de: ‘Oye, esto es tuyo, te esforzaste por eso, esto forma parte de ti’». Hoy, con el orgullo de representar a su pueblo en tierras europeas, Dogreika tiene claro su norte: «¡Ya yo me monto en ese burro! Me gustó muchísimo y espero que esta sea la puerta a otras oportunidades».
Jorge Thielen Hedderich: El cine como tabla de salvación
En el otro extremo del espectro se encuentra Jorge Thielen Hedderich, padre del director y considerado por su hijo como «el mejor actor de Venezuela». Aunque esta es su tercera película frente a las cámaras (tras La soledad en 2016 y La fortaleza en 2020), recuerda firmemente que la actuación no es su profesión; él lidera una empresa familiar que exporta el prestigioso cacao de Patanemo y produce el chocolate YEIH.
Interpretar a Roque supuso medirse con la imponente trayectoria de Asia Argento (hija de las leyendas del cine Dario Argento y Daria Nicolodi), lo que despertó lógicos temores. Sin embargo, el verdadero viaje de Thielen Hedderich en la cinematografía de su hijo es de carácter profundamente espiritual y de sanación.
«Siempre digo que en La fortaleza hay un final feliz porque yo dejé de tomar desde que hice esa película… El cine me salvó», revela con conmovedora honestidad.
El rodaje en San Esteban reabrió portales del pasado para Jorge, ya que la locación principal se encontraba justo frente a las ruinas de Hogares Crea, el centro donde alguna vez estuvo internado intentando recuperarse de sus adicciones en su época de «papá loco». «Mientras estábamos haciendo la película, dentro de mí había otra película… Estuve en el cuarto donde yo dormí. ¡Qué increíble la vida cómo da vueltas, regresar a San Esteban, pero ahora siendo la persona que soy!».
Un «comando marciano» que reactivó la región
La decisión de rodar en Venezuela, luego de que el director considerara inicialmente filmar en Colombia, supuso una bendición para el equipo local y para los habitantes de Puerto Cabello y Patanemo. La llegada del rodaje inyectó vida y empleo a la zona, involucrando a la comunidad desde la logística y el transporte hasta la gastronomía local.
La muerte no tiene dueño no solo representa un logro cinematográfico de alta factura para el cine venezolano en el escenario internacional, sino el testimonio de un pueblo que resguarda el mejor cacao del mundo en sus tierras y el retrato de seres humanos que, gracias al arte, aprendieron a defender lo suyo y a salvarse a sí mismos.
Fuente: El Nacional
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