La música venezolana fue la religión de Aquiles Báez

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Siempre he pensado que A mis hermanos es una especie de autorretrato de Aquiles Báez. Que en el afán de abrazar a los suyos con una canción, se dibujó a sí mismo. La pieza es una extensión del maestro porque muestra, por una parte, su sensibilidad, la delicada belleza armónica de su obra; su generosidad, su sencillez. Y por la otra, exhibe su picardía, representada en el bailao del merengue caraqueño; esa gracia de quien vive pendiente de la próxima excusa para reír.

La música venezolana fue la religión de Aquiles Báez. Fue su dogma, su razón de ser. Desde todas sus facetas, las de guitarrista, compositor, arreglista, productor, profesor o gestor cultural, no hizo sino desmenuzar el por qué de ese empecinamiento. ¿Por qué cultivarla, por qué explorar su variedad, sus particularidades, su riqueza?

Lo hizo desde muy joven, desde que andaba por San Bernardino, en Caracas, donde nació el 1° de marzo de 1964, y cuando compartía en La Vela de Coro con sus primos que siempre tocaban cuatro y cantaban. Su madre, la antropóloga Ana María Reyes Lovera, solía discurrir sobre el asunto de la identidad, y su pequeño Aquiles, que se convertiría, por lejos, en el músico más conspicuo de la familia, encontró en los sonidos su propio camino hacia ese horizonte.   

«No se puede amar lo que no se conoce». Es una frase que repetía en entrevistas. Una frase de la que no se sabe con certeza el autor —se dice que es de Da Vinci—, pero que le venía perfecto como lema a esa misión para la que el cuatro se convirtió en una suerte de puente.

«Yo era un bicho muy raro —decía con una media sonrisa—. A los 11 años ya me juntaba con una cantidad de viejos que tocaban valses y merengues. Mientras mis compañeros de estudio estaban pendientes de Fiebre del sábado por la noche, yo estaba llevándome un grabadorcito a escuchar las pipas (tambores) de Naiguatá en las fiestas de San Juan. Una cosa muy folclórica. Mientras muchos estaban con Black Sabbath o los Bee Gees, lo mío era Serenata Guayanesa. Yo tocaba en el cuatro las piezas que tocaba Hernán Gamboa, y eso era muy  curioso en esa época para un chamo.”.

Báez solía recordar que, estando en el colegio y sumergido en la viola y en un proceso de formación clásica, organizó él mismo una serie de conciertos en los que participaron figuras como Lilia Vera y Cecilia Todd. Se movió, por puro instinto y por la simple necesidad de llevar esa música en directo a donde cursaba su bachillerato, a conseguir financiamiento, establecer un cronograma de presentaciones y ordenar todo lo necesario en la institución para lograr la meta. Fue, en dos palabras y sin saberlo, un gestor cultural.

Un currículum completo y detallado de Aquiles debe ser un documento larguísimo. Pero en las entrevistas, él no se detenía a enumerar proezas, como por ejemplo, haber participado en la grabación de la música que suena en Tetro, del realizador Francis Ford Coppola. Sí, Coppola, el director de El Padrino. No hablaba de cuando representó a Venezuela tocando cuatro junto a Paquito D’Rivera en el documental Calle 54 del cineasta español Fernando Trueba; o de sus experiencias con prestigiosos artistas como el camerunés Richard Bona o el estadounidense John Patitucci. Tampoco de su rol en América Contemporánea, un colectivo liderado por el brasileño Benjamim Taubkin. Y menos sobre cómo, en 1996, visitó el Berklee College of Music de Boston con la intención de continuar sus estudios académicos y salió al rato con un cargo de profesor. Nada de eso. Báez hablaba de otros temas. Por ejemplo, de cuando comenzó a acompañar a cantantes a finales de los años 70; un rol que después asumiría junto a Soledad BravoMorella Muñoz y María Rodríguez.  

Aquiles Báez, quien fue parte de la formación original del Ensamble Gurrufío, trabajó como productor en un montón de discos, entre ellos los dos primeros del hoy laureado ensamble C4 Trío. Fue él quien guió a los tres cuatristas novatos en dirección a la profesionalización. Y como músico, grabó una catarata de álbumes que pasan por Un Solo PuebloSerenata GuayanesaAlexis CárdenasHuáscar Barradas, hasta artistas como Simón Díaz e Ilan Chester. Una lista larga y contundente.  

En el ambiente sinfónico-coral, fue parte de la Orquesta La Pasión, que participó en la magna obra La pasión según San Marcos, compuesta por el argentino Osvaldo Golijov, con arreglos de Gonzalo Grau, interpretada por la Schola Cantorum de Venezuela frente a la batuta de María Guinand.  

La carrera discográfica de Aquiles comenzó en 1987 con el primero de al menos una docena de álbumes, entre los que resaltan trabajos como La casa azul (1994), Reflejando el Dorado (2003) y La Patilla (2007). Son álbumes que se convirtieron en materia de estudio y fascinación de muchos de los músicos que hoy representan la vanguardia dentro del ambiente enraizado en la tradición venezolana. Es una música con materia prima local, pero bañada por el barniz de lo imperecedero; atada al jazz, a la sofisticación, a la contemporaneidad.  

En 2005, Aquiles perdió a uno de sus hermanos, el cineasta Gustavo Báez. Al año siguiente, incluyó su composición “A mis hermanos en un álbum de guitarra sola llamado Ana María (2006), en honor a su madre. La canción se convirtió muy rápido en un estándar, una de esas piezas que muchos reconocen y muchos quieren aprenderse.

Aquiles, el padre de Andrea y del jovencito Aquiles Gabriel, era muy serio en cuanto a su oficio, pero muy bromista, muy echador de vaina en su cotidianidad. No pasaba un día en el que no hiciera un juego de palabras, como el que usó para el espectáculo navideño que dirigió por varios años en Caracas: La Sra. Parra Anda.

En 2005 trabajó en un CD-DVD fundamental, que se llamó La canción de Venezuela, en el que no sólo compartió el primer plano con el maestro tenor y tocayo suyo, Aquiles Machado, sino que juntó a un trabuco con El Pollo Brito (cuatro), Roberto Koch (contrabajo), Juan Ernesto Laya (maracas), Pedro Marín (mandolina), “Metralleta” Orozco (arpa) y Alexander Livinalli (percusión) para interpretar algunas de las mejores joyas del cancionero venezolano.

La obra, con Machado y Báez en portada, fue el primer logro conjunto de Báez con su amigo y compadre, el empresario Ernesto Rangel. Esa semilla germinaría para convertirse en Guataca, plataforma que fundarían ambos y a través de la cual editarían, entre una veintena de discos, los primeros trabajos de C4 y una segunda entrega de La canción de Venezuela junto al violinista Alexis Cárdenas. También publicarían dos trabajos del Aquiles Báez Trío: uno antológico de 2011, y otro en 2015 titulado San Miguel, acompañando a la cantante Betsayda Machado, la principal de La Parranda de El Clavo. También grabaría EnCantado (otra vez los juegos de palabras), que compiló sus canciones con letra, cantadas por Soledad BravoHuguette ContramaestreAquiles MachadoFrancisco PachecoEl Pollo Brito, los ex Guaco Nelson Arrieta y Daniel SomaróoCésar GómezMaría Alejandra Rodríguez y su ex pareja, Ana Isabel Domínguez, entre otros.  

Al margen de todo lo demás, Aquiles escribió bandas sonoras para el cine nacional, la más reciente para la cinta Qué buena broma, Bromelia (2022). A finales de agosto, el maestro emprendió uno de sus acostumbrados viajes a Europa en época de verano. La gira, producida por Zuly Perdomo (gestora conocida por el Festival de Jazz de Barquisimeto), comenzó en BarcelonaEspaña. Siguió hacia MadridGinebra (Suiza) y Colonia (Alemania). Y hubiese continuado por París, Berlín, Hamburgo Lisboa de no ser porque la muerte lo sorprendió en AachenAlemania, la madrugada de este lunes fatídico para la cultura venezolana.

Fuente: Gerardo Guarache Ocque / Guatacanight

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