Las Uvas del Tiempo de Andrés Eloy Blanco

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«Mi soledad y tu recuerdo, madre, marchan, como dos penas”, escribió desde Madrid, “solo… tan solo”, sumergido en “toda la acidez del mundo”, un joven cumanés de 27 años que había viajado a España a recibir un premio de poesía.

La estancia se prolongó varios meses y aunque las circunstancias del viaje podían ser agradables, califican para un exilio clásico de nostalgia y añoranza. “Y ahora me pregunto: ¿Por qué razón estoy yo aquí? (…) Cuando dejé mi casa para buscar la Gloria, ¡cómo olvidé la Gloria que me dejaba en ella!”

En Venezuela imperaban la opresión y el atraso gomecista y Andrés Eloy Blanco ya había sido apresado varias veces. Aún así, quería volver. “Tienen el ácido de lo que fue dulzura las uvas de la ausencia”.

Según una anécdota referida por el escritor trujillano Juan Carlos Chirinos, Blanco creó “Las uvas del tiempo” porque perdió el barco de regreso y tuvo que pasar la Nochevieja de 1923 cerca de la Puerta del Sol de Madrid. “Para mí, este poema y el fin de año en casa de mis padres en Valera son la misma cosa”, apunta.

Por las razones que fuesen, el texto se convertiría en una tradición venezolana de reflexión radial entre solemnes campanadas, cada 31 de diciembre, “por lo que viene y por lo que se queda”, minutos antes de la algarabía, el himno nacional, la cena familiar y los incontables abrazos y gritos, entre “las manos que se buscan con la efusión unánime de ser hormigas de la misma cueva”.

Además, al ser tan radiado y hasta televisado, de cierta manera popularizó el género de la poesía. “Es un clásico de las letras venezolanas que trascendió al mundo. Su vigencia es imperecedera. Lo admiré desde mis 12 años cuando compré la colección completa de sus obras”, comenta Jesús Correa Salinas, fanático de Blanco por más de seis décadas.

Eugenio Hernández-Bretón, miembro de la Academia Venezolana de Ciencias Políticas y Sociales, recuerda que “De niño todos los fines de año escuchábamos el disco de Andrés Eloy Blanco declamando. Me producía gran tristeza su voz débil y grave, y recuerdo que mi mamá y mis tías se emocionaban con el largo poema. Creo que transmite la soledad de la distancia y el deseo de estar en familia al entregar las cuentas del año. El mismo sentimiento de millones de venezolanos hoy, de los que están fuera y de los que quedan dentro del país”.

Las uvas de Blanco no se desgranan con las manos, sino se “desangran” con los labios, los mismos que “están bebiendo de tu seno” materno, “racimo de la parra buena”. Esa última noche de 1923 el poeta honraba los recuerdos de su natal Cumaná y de Caracas, a donde se mudó para estudiar Derecho y comenzar a forjar lo que sería su sitial en la historia nacional, como político socialdemócrata (fundador del partido AD), prócer y escritor, miembro de lo que luego se llamaría “la generación del 28”.

En esos versos contrasta las costumbres caribeñas con las de Madrid, capital donde en septiembre de ese año el militar Miguel Primo de Rivera se había hecho del poder a la fuerza. Al comparar esa capital con las plazas venezolanas, sentencia que “aquí no se abrazan ni gritan: ¡Feliz Año!, como en los pueblos de mi tierra; en este gozo hay menos caridad; la alegría de cada cual va sola, y la tristeza del que está al margen del tumulto acusa lo inevitable de la casa ajena”.

Con España no olvida mantener una actitud respetuosa: glorifica a “un hombre que se llamó Fray Luis y era poeta”; y se muestra curioso ante Madrid -“la gran ciudad histérica (y) borracha donde va mi emoción sin compañera”- y la tradición de comer “al compás de las horas, las doce uvas de la Noche Vieja”, una por cada mes.

“Tengo entendido que la costumbre de comer uvas el 31 de diciembre la «importó» Andrés Eloy con este poema”, acota Chirinos. Esa tradición sirve de cadena a lo largo de la oda, recordando además “el gran parral que daba todo el año uvas más dulces que la miel de abejas” en su hogar de crianza.

Aunque joven, Blanco mantiene un tono muy adulto, reflexivo, costumbrista, sociológico y existencialista, recalcando el valor de la sencillez, el tiempo y la esperanza, porque “las horas pasan; pero aprendamos a pasar con ellas”.
Aunque pleno de referencias geográficas y maternales, el texto ha probado ser atemporal y universal, resumiendo la vida como “la lucha ante los hombres malos y ante las almas buenas”, donde “la promesa de vernos otra vez se va alargando y el momento de irnos está cerca”.

Quizá un presagio. La vida de Blanco no sería muy larga. Moriría en un accidente de tránsito a los 59 años de edad en mayo de 1955, esa vez exilado en México, durante la dictadura de Pérez Jiménez, siempre igualmente “loco por estar de vuelta…

Con información de: Andrés Correa / El Universal

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