El viento que baja del cerro Pánega, estado Táchira, arrastra consigo un eco antiguo, una advertencia que los habitantes de la Unidad Vecinal han aprendido a respetar con el paso de las generaciones. Hoy, la silueta de la vieja propiedad del señor Barrera es apenas un recuerdo borroso, pero la historia de lo que allí sucedió sigue erizando la piel de los lugareños. Esta es la crónica de una curiosidad fatal y del misterio que congeló el tiempo en el pueblo.
El eco de una flauta en el prado
Hubo una época en que los días transcurrían sin prisa al pie del cerro. La hacienda del señor Barrera no era ostentosa; apenas contaba con un pequeño prado donde pastaban unas pocas reses. El alma de aquel lugar era Angelito, un niño de unos once años que llevaba el pastoreo en la sangre.
Quienes lo conocieron lo recuerdan con precisión:
- Aspecto: Tenía la tez curtida por el sol implacable de la tarde, ojos profundos y un cabello castaño que se agitaba con la brisa.
- Carácter: Poseía una expresión simpática que se ganaba el afecto de todos.
- Pasatiempos: Mientras el ganado se alimentaba, el muchacho solía sentarse bajo la sombra a tallar pequeñas figuritas de madera con su navaja o a inundar el valle con las notas melancólicas de su flauta.
Sin embargo, la inocencia de aquella estampa rural estaba condenada a romperse.
Una tarde que parecía idéntica a cualquier otra, las reses guiaron sus pasos más allá de los límites habituales, deteniéndose cerca de una estructura que desentonaba con la belleza del paisaje. Era una capilla de aspecto lúgubre, un templo abandonado al que los vecinos, con justificada fijeza, llamaban la capilla Embrujada.
En la mente de Angelito resonaron de inmediato las severas advertencias de los mayores:
«¡Espantan de día y de noche! ¡Si pasas cerca no entres! ¡Huye del lugar, la capilla está embrujada!»
Pero la infancia suele ser audaz, y la curiosidad, un motor difícil de frenar. Desafiando el sentido común y el respeto por lo desconocido, el niño caminó hacia el umbral. Cruzó la puerta de madera carcomida muy despacio. Sus ojos castaños tardaron unos segundos en adaptarse a la penumbra del interior, recorriendo las imágenes sacras desgastadas y el polvo flotante. Y entonces… el horror.
— ¡Auxiliooo..!
El desgarrador alarido de Angelito rasgó el silencio y resonó con una fuerza pavorosa en todos los contornos del cerro Pánega. El eco fue tan brutal que el ganado, presa del pánico, corrió en estampida de regreso a la hacienda.
Después del grito, cayó una gravedad sepulcral. La tarde quedó muda.
Al notar el regreso violento de los animales y escuchar el clamor, la gente de la hacienda y de los alrededores corrió aterrorizada hacia el templo. Los más cautelosos se asomaron al interior con el corazón en un hilo. No vieron nada. El espacio estaba vacío; la navaja, las figuritas y la flauta habían desaparecido junto con el niño. Nadie, ni la policía ni los rastreadores más experimentados del pueblo, pudo encontrar jamás una explicación lógica para la misteriosa desaparición.
El peso del olvido y la vigilia
Ha pasado mucho tiempo desde aquella tarde fatídica. El cuerpo de Angelito nunca fue hallado, pero su memoria sigue viva en el pequeño altar de flores frescas que su familia, con el corazón roto, insiste en llevar a las cercanías del lugar.
Hoy en día, la realidad de la zona ha cambiado:
- Rutas alteradas: Los lugareños prefieren caminar el doble y cambiar de ruta antes que cruzar por delante de la capilla.
- Ambiente tétrico: El templo permanece solitario, con un aspecto que sobrecoge y congela la sangre de quien lo mira. Solo los viajeros incautos, aquellos que ignoran la historia de Angelito, se atreven a pasar por allí con tranquilidad.
Sin embargo, el misterio no descansa. Los vecinos de la Unidad Vecinal aseguran que, a altas horas de la madrugada, el cerro Pánega se vuelve a poblar de sombras. Despiertan espantados por ruidos extraños que emanan de las ruinas: crujidos, ayes lastimeros, la brisa que imita el sonido de una flauta lejana y, finalmente, el llanto inconsolable de un niño que se quedó atrapado para siempre entre dos mundos.
Fuente: Lolita Robles de Mora. (2011). Ruta de la ciudad de San Cristóbal. En Leyendas del Táchira I (51-52). San Cristóbal, Venezuela: Ediciones Robledal.
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