—Abuela, ¿cómo amaneció?
—No muy bien, hija. Anoche casi no dormí. Me desperté a eso de las dos de la mañana y, cuando apenas comenzaba a agarrar el sueño otra vez, sentí un cholear en la calle. Un choleo de ida y vuelta que me espantó el sueño por completo. Ahí, en medio de la madrugada y desvelada, me vino a la memoria que en la Margarita de antes también se oía ese mismo andar por los caminos, y que a la mañana siguiente era la conversación obligada del pueblo.
En aquellas noches, los hombres a veces salían bien encapotados para ir a alguna cita de amor. Se confiaban en la sombra y el embozo, pensando que a esa hora nadie los reconocería; pero el pueblo, que de tonto no tenía nada ni dormía tan profundo, adivinaba clarito hacia dónde iban esos pasos.
«Cholear» no era otra cosa que el sonido particular de las cholas al golpear el suelo al caminar. Aunque se decía que era un andar típico de las mujeres, en aquellas noches de pueblos a oscuras y sin luz eléctrica, era muy común escuchar a los encapotados choleando sin prisa por las calles del pueblo.
Por:
Otilca Radio
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