El Pastel de Margarita: El lazo que amarra a la familia cada diciembre

El Pastel de Margarita: El lazo que amarra a la familia cada diciembre

En los hogares de la Isla de Margarita, el aroma a hoja de plátano ahumada no solo anuncia la llegada de la Navidad; anuncia el reencuentro. Aunque el modernismo y la estandarización nacional han impuesto el nombre de «hallaca», en el corazón del neoespartano habita el «pastel», un platillo que encierra siglos de historia caribeña y que sobrevive como el símbolo máximo de la unión familiar.

Para el margariteño, elaborar pasteles no es una tarea culinaria solitaria, sino una festividad en sí misma. Es el pretexto anual para que abuelos, hijos y nietos se reúnan en torno a una mesa, convirtiendo la cocina en un epicentro de risas, anécdotas y trabajo compartido.

Del Caribe a la mesa insular

El cronista Verni Salazar explica que el término «pastel» no es un capricho regional, sino una herencia compartida con todo el Caribe. Antaño, este manjar no era exclusivo de diciembre; las vendedoras de los pueblos se encargaban de que el pastel estuviera disponible durante varios meses del año para el deleite de los lugareños.

Aunque el tiempo ha simplificado procesos, la esencia del guiso permanece como un tesoro celosamente guardado. La receta tradicional dicta el uso de gallina y cerdo, picados menudamente y sazonados con el infaltable ají dulce margariteño, ajo, cebolla y cebollín.

«Era fundamental no colocar tomate para evitar que el guiso se dañara», recuerda la tradición oral, subrayando la importancia de la conservación en una época sin refrigeración moderna.

La metamorfosis de la técnica

La evolución de la cocina también ha dejado su huella en la preparación. Décadas atrás, el proceso comenzaba con el maíz «quebrado» y «tequenado», molido a mano en piedras o máquinas manuales. Hoy, la harina de maíz precocida ha simplificado el amasado, reduciendo las horas de esfuerzo físico pero manteniendo el color amarillo característico que da vida al plato.

La envoltura también cuenta una historia de ingenio:

  • Antes: Se utilizaban hebras de «cachipo» (fibra de la planta de plátano) para sujetar el envuelto.
  • Ahora: El hilo pabilo ha tomado el relevo por su practicidad.
  • La constante: Las hojas de plátano siguen pasándose por el humo para suavizarlas, evitando que se quiebren al momento de proteger el valioso cargamento de sabor.

El sello del Oriente

El pastel margariteño forma parte de la gran familia de la hallaca oriental, compartiendo rasgos con las preparaciones de Sucre, Anzoátegui, Monagas y Bolívar. Su rasgo distintivo, ese que lo separa de la hallaca central o andina, es el adorno: ruedas de papa y de huevo sancochado coronando el guiso antes de cerrar la hoja.

Para los más audaces, el ají chirel aporta el toque picante, y para no confundirlas en la olla, se les hace un lazo especial en el amarre. Aunque en la isla existen variantes innovadoras con frutos del mar o pescado, la tradición de tierra firme (cerdo y gallina) sigue siendo la reina de la mesa.

Un legado que no se apaga

Más allá de los ingredientes, el pastel margariteño es un «envuelto» de sentimientos. Es el sabor de la resistencia cultural y el recordatorio de que, mientras haya una familia reunida picando aliños o amarrando con destreza, la esencia de Nueva Esparta seguirá viva en cada bocado.

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