La Paradura del Niño consolida la identidad y devoción en el occidente del país

La Paradura del Niño consolida la identidad y devoción en el occidente del país

Con el inicio del nuevo año, las montañas andinas se llenan del aroma a dulces criollos, el sonido de cuatros y violines, y un fervor religioso que no se detiene. Se trata de la Paradura del Niño, la tradición más emblemática de los estados Mérida, Táchira y Trujillo, que marca el cierre del ciclo navideño en Venezuela y se extiende desde el 1 de enero hasta el 2 de febrero, Día de la Candelaria.

Esta festividad, considerada el máximo exponente de la devoción en la región, es mucho más que un acto litúrgico; es la representación simbólica de los primeros pasos de Jesús. El ritual consiste en poner de pie la imagen del Niño Dios en el pesebre, guiado por padrinos y acompañado por el canto de «versos» a varias voces que narran el misterio de la Encarnación.

Tradiciones que cobran vida

A lo largo de la geografía andina, la Paradura se manifiesta con matices que enriquecen el patrimonio cultural del país:

  • El Robo y Búsqueda: En poblaciones como Tovar, la comunidad recrea con dramatismo el pasaje del Niño perdido y hallado en el templo. La imagen es «robada» simbólicamente de su hogar y llevada a otra vivienda, lo que desata una procesión cantada por todo el pueblo hasta su hallazgo y feliz retorno al pesebre.
  • La Paradura Viviente: En Ejido y los sectores de Manzano Alto y Bajo, la fe se vuelve humana. Niños y adolescentes se visten de María, José y los Reyes Magos para recorrer las calles, culminando la procesión con el encuentro de un bebé real que personifica al Niño Jesús.
  • Padrinos Infantiles: En numerosas comunidades, son los propios niños del sector quienes, vestidos de blanco, asumen el rol de padrinos, elevando oraciones y peticiones por la paz y la salud de sus familias.

Un espacio de reencuentro y sabor

Tras el rezo del Santo Rosario y el cumplimiento de la promesa, la celebración se traslada a la mesa. Es costumbre realizar un compartir comunitario donde no faltan los bizcochos, el vino pasita, el chocolate caliente y los dulces de lechosa o higo, sellando así un momento de fraternidad entre vecinos.

Para las familias andinas, la Paradura del Niño trasciende lo folclórico. En pleno 2026, esta tradición se mantiene como un espacio vital de reencuentro y bendición para el hogar, reafirmando una identidad venezolana que sobrevive, se adapta y brilla con fuerza en cada rincón de la cordillera.

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