El oriente venezolano y el corazón de la Isla de Margarita amanecen hoy con un silencio profundo. La noche de este domingo 25 de enero de 2026, la cultura nacional sufrió una pérdida irreparable tras el fallecimiento de José Ramón Villarroel Marín, a los 61 años, a causa de un infarto.
Conocido en cada rincón de su tierra como «Monguito» y bautizado artísticamente como «El Hijo del Huracán», Villarroel no solo fue un músico; fue el guardián de una estirpe poética que definió la identidad del estado Nueva Esparta.
Un legado forjado bajo el «Huracán»
Nacido el 2 de octubre de 1964, cargó con orgullo y responsabilidad el nombre de su padre, el legendario José Ramón Villarroel, «El Huracán del Caribe«. Bajo su disciplina, «Monguito» comenzó a descifrar los secretos de los géneros orientales a la corta edad de 5 años.
Su precocidad musical fue asombrosa:
- A los 11 años: Fundó su primer ensamble, «Los Bravos del Valle».
- Maestría técnica: Destacó como un virtuoso del cuatro y un maestro de la décima y la cuarteta.
- Formación académica: Integró la Orquesta Típica de Nueva Esparta, donde perfeccionó su arte bajo la batuta del maestro Alberto «Beto» Valderrama Patiño.
Embajador del sentimiento margariteño
Su voz llevó el salitre y la décima de Margarita a escenarios internacionales, destacando su participación en el Festival del Caribe en Cuba. Compartió tarima con los más grandes de la música venezolana, incluyendo a Simón Díaz, Cecilia Todd y Lilia Vera, elevando el galerón a un nivel de respeto y admiración universal.
Discográficamente, deja obras fundamentales para el archivo folclórico, como La herencia del Huracán y Patria linda Venezuela.
Maestro de generaciones
Más allá del aplauso, Villarroel entendió que la cultura solo sobrevive si se comparte. Con casi 40 años de labor pedagógica, se convirtió en un pilar fundamental para las escuelas de música y talleres de la gobernación.
«Su sabiduría poética no se quedó en el escenario; se sembró en las aulas, permitiendo que nuevas figuras como José Ágreda hoy mantengan encendida la antorcha de la tradición«.
A Villarroel le sobreviven su esposa, Norinda del Valle Martínez, sus tres hijos y sus nietos. Hoy, la comunidad artística y el pueblo margariteño se unen en un solo sentimiento para despedir a un hombre que fue, ante todo, un ejemplo de amor por lo nuestro.
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