El agua del río Pacairigua baja con una claridad que engaña al ojo forastero. En Guatire, todos saben que el río tiene memoria y que, al llegar al Pozo La Churca, el tiempo parece detenerse en un remanso verde y profundo. No es solo un lugar de esparcimiento; es un rincón sagrado de la geografía mítica mirandina donde el luto real y la leyenda se funden en el mismo cauce.
Para entender el misterio, hay que viajar con la mente varios siglos atrás, a una época donde el río era el eje de la vida cotidiana.
La tormenta que lo borró todo
Dice la tradición oral que a orillas de este pozo vivía una joven de belleza singular junto a su abuela, una anciana que había perdido la vista pero no el oído, guiándose por el canto del agua y los pasos de su nieta.
Era finales de octubre. El cielo de Guatire, usualmente predecible, se tiñó de un gris plomizo y espeso. Un fuerte ciclón, de esos que azotan el Caribe de forma implacable, irrumpió en el pueblo. Ajena al peligro inminente, la joven se encontraba bañándose en el pozo, confiada en la pasividad habitual de sus aguas cristalinas.
El desastre tardó apenas unos segundos en desatarse. Una descomunal cabeza de agua —una crecida repentina y violenta— bajó de la montaña, arrastrando troncos, piedras y transformando el remanso en una trampa mortal.
La corriente la atrapó. Entre el rugido del río y el viento del ciclón, los gritos de auxilio de la muchacha llegaron a la orilla, donde su abuela, desesperada y sumida en la oscuridad de su ceguera, intentó estirar las manos hacia la nada. No pudo socorrerla. La impotencia y el propio desastre natural terminaron también con la vida de la anciana. Ambas almas se hundieron en el Pacairigua.
Octubre: el mes del respeto y el misterio
Desde entonces, el Pozo La Churca cambió para siempre. Los lugareños aseguran que el alma de la joven quedó atrapada en las profundidades del agua, flotando eternamente en el lugar donde conoció la muerte.
Hoy en día, el relato sigue tan vivo que dicta el comportamiento de los guatireños:
- La advertencia de octubre: Cuando las hojas empiezan a caer y el calendario marca el décimo mes del año, los abuelos del pueblo repiten la misma advertencia: «En octubre no se va a La Churca». Se cree que en las fechas del aniversario de la tragedia, el espíritu de la joven se torna inquieto, buscando en el fondo a quien no pudo salvarla.
- La dualidad del pozo: Quienes visitan el lugar sienten una extraña mezcla de paz y respeto reverencial. El misticismo de la joven que ronda las aguas cristalinas convive con la realidad de un pozo que, debido a su gran profundidad, exige prudencia.
Un mito que fluye en el tiempo
Las leyendas no mueren si hay quien las cuente. Lo que comenzó como un susurro entre los cañaverales y las calles antiguas de Guatire, hoy viaja por las redes sociales, recordado incluso por instituciones como Inatur Miranda. Es el triunfo de la memoria oral sobre el olvido.
Al caer la tarde en La Churca, cuando el sol se filtra entre los árboles y tiñe el agua de reflejos dorados, es imposible no mirar el fondo del pozo con un destello de duda. El visitante se pregunta si ese brillo en el fondo es solo el reflejo de la luz, o si es la mirada de la hermosa joven que sigue esperando que termine el eterno ciclón de octubre.
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