El 26 de julio de 1972 nació en Caracas Johnny Escobar Figueroa, un hombre cuyo destino terminaría entretejiéndose, cuerda a cuerda, con la brisa de la Isla de Margarita. Aunque la capital vio sus primeros pasos, fue en la calidez de Pedregales, cerca de Juan Griego en el municipio Marcano, donde sembró su vida y floreció su pasión.
Hijo de Juan Escobar y Lourdes Figueroa, Johnny creció envuelto en melodías. Tenía apenas cinco años cuando la música se convirtió en su lenguaje cotidiano. Si bien la tradición margariteña encendió su llama interna, su inquietud sonora no conoció fronteras: transitó con la misma soltura por el jazz, el pop y los ritmos latinos. Tuvo la fortuna de afinar su talento de la mano de maestros fundamentales como José Asunción Gutiérrez y Alberto «Beto» Valderrama Patiño, quienes pulieron la madera fina de su genio. Pero su curiosidad nunca se sació en el escenario; con paciencia e intelecto, conquistó las aulas hasta obtener su título como Profesor en Educación y una Maestría en Supervisión y Gerencia, demostrando que el arte y la disciplina caminan de la mano.
En la escena musical neoespartana, su figura cobró la fuerza de un vendaval. Como integrante y posterior director del Ensamble de Música Venezolana Opus 4, redefinió la forma de sentir el folclor insular. Con la mandolina entre los dedos parecía hacer magia, pero su versatilidad lo convertía en un camaleón capaz de dominar la guitarra, el piano, el cuatro, los arreglos y la dirección integral de espectáculos. Años más tarde, desplegaría esa misma luz en proyectos como Margarita Urbana, junto a Sergio «Gato» Gallardo, y en la dirección musical de la banda pop de la cantante Jennifer Moya.
Johnny no fue solo un virtuoso de los instrumentos; fue un guardián de la identidad. Desde la Delegación de Cultura y Extensión de la Universidad de Oriente (núcleo Nueva Esparta) y como docente en la escuela del maestro Beto Valderrama, se dedicó a sembrar en los más jóvenes el orgullo por lo propio. Quienes compartieron el día a día con él recuerdan a un hombre noble, centrado y perseverante. En Pedregales, su memoria sigue ligada a las risas compartidas, las comparsas de carnaval repleta de disfraces y la calidez de un vecino ejemplar. Junto a su esposa, la profesora Carmen Núñez de Escobar, formó un hogar cálido y fue un padre amoroso para sus tres hijos.
El 1 de febrero de 2013, cuando apenas contaba con 39 años de edad y 22 de trayectoria artística, la tragedia irrumpió en Juan Griego. Un choque séptico silenció su vida, dejando un vacío inmenso en la geografía sentimental de la isla.
Sin embargo, hay vidas que se resisten al olvido. Como testimonio de su compromiso indestructible con la enseñanza, en 2021 el Grupo Otilca abrió las puertas de la Unidad Educativa Johnny Escobar, un espacio donde la música se mantiene como el pilar central para educar a las nuevas generaciones.
Hoy, las cuerdas de una mandolina en Margarita no hacen más que recordarlo: Johnny Escobar Figueroa sigue vivo en cada acorde que resuena al borde del mar, recordándonos que el verdadero arte es aquel que vence a la brevedad del tiempo.
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