A cien años de su nacimiento, la memoria de Tacarigua se resiste al olvido. Un día martes, 27 de julio de 1926, mientras se conmemoraba un aniversario más de la célebre entrevista de Guayaquil, llegó al mundo en tierras neospartanas José Joaquín Salazar Franco, fruto del hogar formado por Julián Salazar y Jerónima Franco. Nadie imaginaba entonces que aquel niño, a quien todos llamarían con afecto “Cheguaco“, transformaría la cotidianeidad, las costumbres y el hablar de su pueblo en un testimonio imperecedero.
Sus primeros pasos en la educación los dio en Santa Ana del Norte. Cada mañana, con el ture al hombro y compartiendo el camino con sus paisanos, descalzaba senderos junto a figuras entrañables de la comarca. Los vecinos aún recuerdan al muchacho de pantalones cortos y sonrisa franca que transitaba rumbo a la escuela con su mapirito preparado por Jerónima, cargado de arepas y pescado salado. Fue allí donde el maestro José Jesús Salazar descubrió su chispa y, en 1939, le abrió las páginas del periódico escolar Presagios. Con apenas trece años, ejerciendo como redactor, comenzó a plasmar las sencillez del ambiente rural, dando inicio a una vocación inquebrantable.
La carencia de cursos superiores en su tierra natal no detuvo su empeño. Cheguaco y sus compañeros emprendieron la travesía a pie hacia La Asunción para continuar sus estudios. Entre cerros y caminos de piedra, aprendió a escuchar el canto de las aves y a contemplar el paisaje insular. De esas largas caminatas brotaron las frases, versos y crónicas que moldearon su mirada sensible sobre la vida cotidiana.
Entre la tierra, el petróleo y la lucha social
Antes de consagrarse a las letras, Cheguaco conoció de primera mano el rigor del trabajo físico. Curtido en las faenas del campo, manejó el azadón, el machete y el garabato para labrar la tierra, un oficio que siempre consideró entre los más nobles. También colaboró en el sustento familiar vendiendo las empanadas y chorizos que preparaba su tía Eufemia, continuadora de la tradición de una familia de mujeres adelantadas a su época, entre ellas su madre y su abuela Francisca.
Al llegar la sequía a la isla, el joven Salazar Franco debió buscar nuevos horizontes en los campos petroleros de El Tigre. Allí, al contacto con la realidad obrera, desarrolló su veta de dirigente sindical y participó en destacados congresos de trabajadores. Sin embargo, su contacto con la tierra y el esfuerzo de la masa laboral solo afianzaron su deseo de dar voz a quienes producían la riqueza desde el anonimato.
Su afán por rescatar la verdad lo llevó a ocupar responsabilidades públicas: fue secretario de la Junta Comunal de Tacarigua, funcionario de prefectura y escribiente en el Registro Público de Nueva Esparta. Entre legajos antiguos, documentos coloniales y libros de archivo, Cheguaco halló la materia prima para descifrar el origen de su pueblo y de las comunidades vecinas, desafiando el polvo de los siglos para reconstruir el pasado insular.
El andar de una pluma obstinada
Escribir no fue para él una tarea sencilla. Al amparo de una máquina Underwood y a la luz de velas que se consumían en la noche, luchó incansablemente contra la indiferencia institucional. Pasaron años de ruegos, gestiones y angustias para ver publicados sus manuscritos. La recompensa llegó en 1971 con la edición de La Tacarigua de Margarita, un libro que la comunidad celebró como una victoria propia, al ver impresos los nombres de sus hombres y mujeres del pueblo.
A partir de ese momento, la producción literaria de Cheguaco cobró un impulso imparable:
Obra Histórica y Folklórica: Títulos como Rastrojeo de la historia margariteña, Mitos y creencias margariteñas, Usos y costumbres tradicionales en Margarita y La Virgen del Valle, su historia y sus leyendas inmortalizaron el acervo de la región.
Poesía y Narrativa: Obras como Murmullo del Breñal, Un grito en la Hondonada y Brotes sobre la tierra ñera mostraron su destreza para transformar el sentir popular en arte.
En 1988, el Municipio Gómez reconoció su labor al declararlo Hijo Ilustre junto a su antiguo preceptor, el maestro José Jesús Salazar, sellando así el vínculo entre maestro y alumno. Más tarde, la labor editorial continuaría gracias al esfuerzo de sus hijos, quienes crearon una fundación con su nombre para rescatar los numerosos títulos que aún aguardaban por la imprenta.
Un testimonio que perdura
El 30 de septiembre del año 2000, un día sábado, José Joaquín Salazar Franco falleció en La Asunción, la misma ciudad donde tanto investigó y escribió. Su partida ocurrió el día de San Jerónimo, el mismo nombre de su madre, cerrando un círculo de profunda vinculación familiar y humana.
A cien años de su nacimiento, el trabajo de Cheguaco trasciende el simple registro documental. Su pluma no solo rescató del olvido la historia, la artesanía y la tradición oral de Margarita, sino que demostró que el amor por la tierra propia se edifica a través de las acciones sencillas y la constancia. Desde las alturas de El Portachuelo hasta las veredas de su amada Tacarigua, su voz permanece como un referente vivo del sentir neoespartano.
Fuente: Domingo Carrasquero Ordaz
Fotografía: Lorimer Rojas (+)
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