El caño Tucupita fluye con la parsimonia de un gigante que lo sabe todo, arrastrando consigo no solo el agua marrón del Delta, sino también los secretos que la selva decide callar. Quienes conocen estas tierras saben que aquí la frontera entre lo vivo y lo eterno es tan delgada como la neblina del amanecer. Y es precisamente frente a la comunidad de Santa Cruz donde esa frontera, hace mucho tiempo, se rompió para siempre.
La historia comenzó con el eco de un motor que desafiaba la corriente. Un bote de pasajeros, cargado de ilusiones, maletas y promesas, regresaba de la isla de Trinidad. El viaje, que debía terminar en abrazos y reencuentros, se truncó en un parpadeo. En la penumbra del caño, la embarcación perdió el rumbo y chocó de frente contra la anatomía retorcida de un colosal árbol de matapalo.
El impacto fue seco, definitivo. El silencio que siguió al estruendo fue sepulcral: la muerte fue instantánea para todos los que iban a bordo. Las aguas del caño se tragaron los cuerpos, pero el matapalo se quedó con sus almas.
Meses después de la tragedia, cuando el luto se había transformado en un rumor sordo, el caño Tucupita comenzó a hablar. Algunos pobladores que navegaban de noche por el sector divisaron algo imposible: del tronco seco del matapalo brotaba una llamarada descomunal. El fuego, de un rojo vivo y furioso, parecía consumir el árbol desde sus entrañas.
Asombrados y temerosos, los testigos regresaron al alba junto a otros vecinos para inspeccionar los daños. La sorpresa fue mayor al desembarcar:
- El matapalo seguía intacto.
- No había cenizas ni rastro de carbón.
- Las hojas verdes bailaban con la brisa como si la noche anterior no hubieran sido envueltas por el fuego.
El prodigio comenzó a repetirse, ganándose el nombre de la «Candela de Matapalo». Para los habitantes de Santa Cruz, sin embargo, ese fuego no era madera ardiendo; eran los espíritus de los náufragos de Trinidad que seguían atrapados en el epicentro de su último segundo de vida.
El miedo terminó por vencer a la curiosidad. Cansados de las apariciones y del peso frío que se sentía al pasar frente al árbol, los hombres de la comunidad tomaron una decisión drástica: cortar el matapalo. Armados con hachas y machetes, derribaron al gigante, creyendo que al amputar la madera sepultarían el misterio.
Se equivocaron. La selva no olvida tan fácil.
Hacia la madrugada siguiente, una densa y asfixiante cortina de humo comenzó a elevarse desde el tocón del árbol cortado. No olía a madera quemada, olía a azufre y a olvido. Quienes se atrevieron a asomarse al río sintieron que la sangre se les congelaba: del humo brotaban gritos desgarradores, lamentos de hombres, mujeres y niños que revivían el dolor del choque una y otra vez.
De pronto, en medio del clamor fantasmal, el humo se condensó y de él emergió una silueta oscura. Un ave de proporciones grotescas y plumaje espectral levantó el vuelo. No buscaba las copas de los árboles; con un graznido espeluznante, comenzó a lanzarse en picada contra el caño, buscando posarse con garras invisibles sobre la cabeza de cualquier transeúnte que osara mirarla. Era la materialización del trauma, el guardián de las almas perdidas.
El matapalo ya no está en pie, pero su raíz sigue amarrada al fondo del caño Tucupita y a la memoria del Delta Amacuro. Aún en nuestros días, los canoeros más viejos bajan la voz al pasar frente a Santa Cruz cuando el sol se oculta.
Aseguran, con la mirada fija en el agua, que todavía hay noches donde el río se ilumina de la nada, el olor a humo invade el aire y el aleteo de un ave pesada se escucha sobre sus cabezas. Porque hay fuegos que el agua no puede apagar, y árboles que, incluso cortados, se niegan a morir.
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