El viento de la madrugada en Tucupido corre con un frío inusual, un frío que no pertenece al llano guariqueño. Quienes caminaban por el sector Ramonote a principios del siglo XX, cuando la noche era un manto cerrado sin más luz que la de la luna o algún farol de querosén, conocían bien ese escalofrío. Sabían que, si el reloj pasaba de la medianoche, la oscuridad dejaba de ser pacífica para convertirse en el escenario de un horror antiguo.
De pronto, el silencio sepulcral del pueblo se rompía. A lo lejos, el eco seco y violento de unos cascos hería la tierra. ¡Tácata, tácata, tácata! El galope era feroz, veloz, como el de un mensajero que lleva la noticia de una catástrofe.
Los lugareños, congelados en sus camas o agazapados detrás de las ventanas de madera, no necesitaban asomarse para saber qué pasaba. Sabían perfectamente que por la calle Sucre —el mismísimo suelo donde la crueldad de la guerra se cobró la vida del prócer José Félix Ribas— y cruzando hacia la calle Zaraza, corría el espanto.
Quienes tuvieron la osadía (o la desgracia) de mirar, describían una silueta imponente y pavorosa: un hombre de porte militar, vistiendo un uniforme desgarrado por el tiempo y las batallas, montado sobre un brioso caballo que echaba espuma por el hocico. Pero el horror real no estaba en su velocidad, sino en el vacío sobre sus hombros. El jinete no tenía cabeza.
El origen de la sombra: Una deuda de la Independencia
La leyenda que estremece a este rincón de Guárico no es un simple cuento de camino; sus raíces están regadas con la sangre de la emancipación venezolana. Tras la fatídica batalla de Urica, el destino atrapó al general José Félix Ribas en los alrededores de Tucupido. Capturado por las fuerzas realistas, el «Vencedor de tiranos» fue ejecutado con saña. Su cabeza fue frita en aceite y enviada a Caracas como un macabro trofeo de advertencia, pero la barbarie no terminó ahí: sus miembros fueron desmembrados y esparcidos.
Dice la tradición local que el espectro no es otro que un oficial de aquella era de fuego, o acaso una extensión del dolor de aquella ejecución, atrapado en un bucle eterno. El fantasma no cabalga por el simple placer de sembrar el pánico; busca con desespero el lugar exacto donde fue enterrado uno de sus brazos.
«Era un ruido infernal», contaban los viejos del pueblo. «El caballo corría como si lo persiguiera el mismo demonio, y el jinete se inclinaba hacia los lados de la silla, como buscando algo perdido en el polvo de la calle».
Un mito que desafía al tiempo
Con la llegada de la electricidad y el rugido de los motores modernos, el galope del jinete comenzó a apagarse en el asfalto, pero jamás se borró de la memoria colectiva de Tucupido.
Hoy en día, cuando la noche se pone pesada y las calles Sucre y Zaraza se quedan solas, los más supersticiosos apresuran el paso. Saben que el pasado histórico de Venezuela a veces se niega a descansar en los libros de texto, y que en los callejones de Guárico, una sombra uniformada sigue galopando con furia, buscando la pieza que le falta para poder, por fin, descansar en paz.
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