Leyendas Venezolanas: La bruja de Belén

Hace no mucho tiempo, en el sector de Belén en el estado Mérida, un joven parrandero, al despertar de una de sus usuales noches de farra, descubre ciertas marcas alrededor de su cuello, que llaman su atención, no tanto por la agresividad de las mismas, sino por el hecho de no recordar haber estado con ninguna mujer los últimos días. Al no encontrar explicación al asunto decide asumirlo como una broma que le han gastado sus amigos en un descuido la noche anterior, con los que bebió hasta tarde en el viejo maitín del parque.

Al pasar los días, las marcas en vez de desaparecer, se fueron incrementando, al igual que el estado de pesadez en todo su ser. Ya no le provocaba comer ni salir a trabajar, sólo esperaba que oscureciera para encontrase con sus amigos en el maitín para seguir la parranda.

Una mañana su madre decide llevarlo al ambulatorio pues no le parecía normal el desgano y la extrema delgadez de su hijo. El médico, al examinarlo, sólo encontró unos marcados rasguños que atribuyó a una fogosa novia y a un fuerte nivel de anemia que sólo podía curar si dejaba la bebedera, se alimentaba mejor y seguía el tratamiento.

Con el pasar de las semanas su estado fue empeorando, y a las marcas de su piel, se fueron sumando unos extraños morados en forma de mordiscos.

Un día su abuela se encontraba de visita en la casa y al saludar a su nieto notó una de las extrañas marcas que se asomaban por su cuello, al ver su peculiar forma y el estado de decaimiento de éste, lo increpó, ¿sigue echando vaina por el parque de noche?, ese parque es peligroso, por esos lados hay mucha brujas, es mejor que se deje de tanta medicina y vaya a visitar conmigo a un yerbatero muy bueno que le curó el mal de ojo al hijo de una vecina mía.

Al día siguiente la rezandera, confirmó las sospechas de su abuela. Al muchacho lo estaba persiguiendo una bruja y que lo iba a secar sino le ponía remedio al asunto, el cual consistía en dejar de visitar el parque de noche; cargar una contra debajo de la camisa metida en una bolsita roja, y dormir entre sus padres por tres meses o hasta que desaparecieran las marcas.

El joven no tuvo otra opción y optó por seguir al pie de la letra lo indicado por la señora; con el tiempo las marcas fueron desapareciendo al igual que su mal aspecto. El muchacho decidió nunca más pisar el parque ni pasar cerca de un maitín por el resto de su vida.

Fuente: Proyecto Arte Mérida

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