Leyendas Venezolanas: Los Angelitos de Santa Ana

En la Isla de Margarita, específicamente en “El Norte” (Santa Ana), se celebran desde tiempos bastante remotos, las tradicionales festividades en honor a Nuestra Señora Santa Ana,La Viejita“; madre de María Santísima y abuela de Nuestro Señor Jesucristo. No con el recogimiento espiritual de los tiempos de antes, pero sí envueltas todavía en un gran fervor religioso.

Entre las personas ancianas, antes más que ahora, se escuchaba decir que los días de Santa Ana, que van del 26 de julio al 2 de agosto (día y octava), eran de un gran movimiento en el reino del cielo, y que por lo tanto, coros de angelitos celestiales recorrían el firmamento, entonando cánticos divinos, para congraciar a la abuela del Señor de las alturas ras.

Se aseguraba, que, cuando menos, en una cualquiera de las señaladas fechas, se oían como desprendidas de la bóveda celeste, la suave armonía de voces angelicales, que se desplazaban por todo el septentrión e inundaban los más recónditos lugares de la tierra; pero que para poderlos percibir oídos humanos, tenían que ser de niños completamente limpios de cuantos pecados terrenales, y que estuvieran vigilantes y contemplativos todos esos días con sus respectivas noches, porque no se sabía a qué hora podrían pasar y que, además, el tiempo que demoraban en su recorrido eran apenas simples pestañadas.

Y como para corroborar lo dicho, aseveraban que en un pueblo de la Isla, la última que había tenido la dicha de verlos y de escucharlos, en el séptimo día de vigilia, fue una negrita bozal, esclava de una familia acomodada del lugar, la que, en pleno silencio de la media noche, en momentos que ni una hoja de los árboles se movía ni siquiera el fino silbido de los grillos se escuchaba y cuando todos sus compañeros habían perdido la fe y desistido por cansancio del propósito, logró ver en pleno corazón del Cielo y como envueltos en una débil nubecita blanquecina que desprendía destellos de luminosidad, el conjunto de angelitos, que batían a un solo ritmo sus alitas, encabezados por unos que llevaban trompetas y otros que tocaban sus liras, los cuales se dirigían de Naciente a Poniente y se perdían en el espacio infinito dejando unas melodías de armoniosos arpegios.

Que la negrita, al ver todo aquello, no pudo resistir la tentación y llamó a sus amos y a los vecinos más cercanos y empezó a relatarles todo lo acontecido, entre la admiración de los presentes que se quedaban boquiabiertos escuchándola, hasta que cayó en un ataque de risas y sollozos, que la fueron dejando como dormida al extremo que cuando se percataron ya estaba su alma fuera de este mundo.

Entonces fue que comprendieron que había sido castigada por Dios, por haber revelado el secreto que debía haberse guardado para siempre.

Fuente: Libro “Mitos y Creencias Margariteñas” de José Salazar Franco (Cheguaco)

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