Lorimer Rojas y el arte de retratar a Margarita

Lorimer Rojas y el arte de retratar a Margarita

Pocos hombres logran encapsular el alma de un pueblo en el destello unánime de un obturador. Lorimer Rojas Salazar, nacido en Punta de Piedras el 13 de junio de 1944 y sembrado en la inmortalidad el 19 de enero de 2022, pertenecía a esa estirpe de creadores necesarios. Su vida fue un puente perfecto entre la exactitud de las matemáticas y la sensibilidad infinita del arte visual, un binomio que lo convirtió en el custodio definitivo del archivo histórico de la Isla de Margarita.

Hijo de Mauricio Rafael Rojas Millán y Carmen Jacinta Salazar de Rojas, Lorimer se crió en Porlamar, donde forjó su carácter científico en el Liceo Nueva Esparta antes de estudiar Matemáticas en la Universidad de Oriente (Cumaná). Sin embargo, bajo esa estructura lógica latía una vocación humanista inquebrantable: desde joven aprendió el clarinete con Don Lino Gutiérrez y, eventualmente, heredó la fascinación por la luz a través de la cámara de su padre.

La docencia y el periodismo: Dos pasiones, un solo norte

A partir de 1977, Rojas inició formalmente su andar en la fotografía. Se formó con figuras de la talla de Jeremías Bretlingham, Mario Mohíno y José Voglar. Lejos de guardar el conocimiento, lo transformó en generosidad: durante casi dos décadas dictó clases de Matemáticas en el Liceo Vicente Marcano y, paralelamente, enseñó los secretos del revelado en blanco y negro en el Centro de Formación Audiovisual Luís Savignac Batistini.

Su lente se convirtió en el testigo oficial de la identidad neoespartana. Ingresó al Círculo de Reporteros Gráficos de Venezuela en 1982 y, desde entonces, documentó con precisión quirúrgica y estética impecable las memorias de la Dirección de Cultura regional, las tradicionales Diversiones liceístas de Coche y Porlamar, y el andar de la Agrupación Coral «Niños Cantores de Margarita«, de la cual fue fotógrafo oficial por más de 30 años junto a su esposa y eterna compañera, la maestra María J. Salazar de Rojas.

El legado impreso y las paredes de la isla

«Lorimer no tomaba fotos; rescataba identidades del olvido».

Su archivo de miles de negativos y copias en papel fotográfico constituye un patrimonio invaluable. Su firma enriqueció libros fundamentales de la historiografía y el arte venezolano, colaborando con autores como Alfredo Boulton en su obra Narváez, Gladys Bounaffina, Rodulfo González y Jesús Manuel Subero.

Sus imágenes de personajes populares, poetas, músicos —como los icónicos retratos de Jesús Ávila, Beto Valderrama Patiño y Cheguaco— y de la geografía insular permanecen vivas. Hoy por hoy, sus exposiciones habitan de forma permanente e individual en lugares emblemáticos de la región, tales como:

  • El Museo de Arte Contemporáneo Francisco Narváez (espacio que documentó desde su inauguración en 1980).
  • El Centro de Arte Omar Carreño en La Asunción.
  • El Parque Museo Pueblos de Margarita en Taguantar.
  • El Paseo del Mar en Bella Vista, a través de sus recordadas «Postales de Porlamar».

Un Patrimonio Inmortal

El reconocimiento institucional a su constancia fue unánime. En 2014, la UNEARTE lo nombró Maestro Honorario, y en noviembre de 2020 fue declarado oficialmente Patrimonio Cultural Viviente del Estado Bolivariano de Nueva Esparta bajo el Decreto N° 1527-2020.

A cuatro años de aquella declaración y tras su partida física, la impronta de Lorimer Rojas sigue tan nítida como los revelados en blanco y negro que hacía con sus propias manos. Su familia —su esposa María y sus seis hijos— resguarda un tesoro visual que no le pertenece a un apellido, sino a toda una estirpe marina y creadora que hoy se reconoce en el espejo de su lente.

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