La partida física de José Ramón Villarroel Marín, nuestro querido «Monguito», deja un vacío profundo en el corazón de la identidad neoespartana. Como director de Otilca, tuve el privilegio de conocer su fuerza y su incansable voluntad. Monguito no solo heredó el talento de su padre, «El Huracán del Caribe», sino que forjó un camino propio basado en la disciplina y en una transformación personal admirable que todos fuimos testigos de su esfuerzo por la salud y la vida.
Más allá del evento: Hacia una cultura con propósito
Este momento de duelo nos invita a reflexionar sobre el rumbo que estamos tomando como sociedad cultural. A veces, en el afán de cumplir con agendas y organizar actividades, corremos el riesgo de quedarnos en la superficie del espectáculo. Es vital que nos preguntemos si esos esfuerzos están llegando a la raíz: la formación de nuestros niños y la proyección del ser.
La cultura no debe ser vista solo como una sucesión de eventos para cumplir metas, sino como el eje que sostiene la identidad de un pueblo. Necesitamos que cada iniciativa, tanto pública como privada, trascienda la justificación de una gestión y se convierta en una inversión real en el alma de quienes hacen posible el arte.
La importancia de la protección al cultor
La historia de Monguito, y la triste noticia que también nos llega sobre el Maestro Mario, aquel entrañable afinador de pianos argentino que adoptó nuestra isla como suya y terminó sus días en una situación de gran vulnerabilidad, nos pone de manifiesto una necesidad urgente: fortalecer los canales de atención para nuestros artistas.
«No se trata de pedir que se nos resuelva todo, sino de lograr que las instituciones funcionen como canales eficientes de seguridad social y bienestar. El cultor no busca una ayuda puntual o una colaboración, sino el reconocimiento de que su labor merece una plataforma de estabilidad que le permita envejecer con dignidad.«
Una invitación a la reflexión colectiva
Es momento de que todos —artistas, instituciones y sociedad civil— miremos con mayor sensibilidad a quienes nos rodean. No podemos permitir que el brillo de una tarima oculte la realidad de quienes, tras bambalinas, enfrentan la soledad o la falta de recursos básicos.
Debemos trabajar juntos para que la cultura sea, ante todo, un espacio de protección y crecimiento humano. Que la luz de Monguito Villarroel siga iluminando el camino de los niños que aprenden a cantar décimas, y que su partida nos sirva para recordar que lo más importante siempre será el ser humano detrás del instrumento.
A la familia Villarroel, mis más sentidas condolencias. Que el eco de la gaita margariteña y el galerón sigan honrando tu nombre, Monguito.
Texto; Samuel González Castrillo
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