La Culebra del Rincón: 76 años de rima, cuero y salitre
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En el mapa sentimental de la Isla de Margarita, existe un rincón donde el viento no solo sopla, sino que rima. Es el Rincón de San Sebastián de Tacarigua, cuna de hombres recios y gargantas prodigiosas. Allí, un día como hoy en 1950, nació un niño que no vino al mundo a llorar, sino a cantar: Dalmiro Malaver, el hombre que años más tarde el pueblo bautizaría con respeto y picardía como «La Culebra del Rincón».

Hoy, al cumplirse 76 años de su natalicio, la isla no solo celebra a un hombre; celebra una institución del galerón margariteño.

El Veneno Bendito de la Improvisación

El apodo no es gratuito. En el complejo arte del galerón —esa controversia poética donde el ingenio se mide en décimas espinelas— Dalmiro se desplaza con la agilidad de un ofidio. Su capacidad para «enroscarse» en el argumento del contrario y «picar» con una respuesta cargada de humor e inteligencia lo convirtió en una figura mítica de los escenarios bajo las matas de dátil y las enramadas.

«El galerón no es solo cantar; es pensar rápido para no quedar mal ante el pueblo«, suele decirse en los festivales. Y en eso, Dalmiro siempre fue un maestro.

Criado en un ambiente donde la música era el pan de cada día, Malaver absorbió la esencia de los viejos maestros. Su voz, potente y con ese vibrato característico de la zona, se convirtió en el vehículo perfecto para narrar la cotidianidad del pescador, el fervor por la Virgen del Valle y la lucha incansable del ñero.

Más allá de la Tarima: Un Guardián de la Identidad

Pero reducir a «La Culebra» a sus triunfos en los festivales sería contar la historia a medias. Dalmiro Malaver entendió temprano que el arte que no se hereda, muere. Por ello, se transformó en un puente generacional.

Su labor docente en la enseñanza de la décima y la técnica vocal ha sido el oxígeno que ha mantenido encendida la llama del galerón en los jóvenes margariteños. En un mundo globalizado, Dalmiro se mantuvo firme como un roble del cerro El Copey, recordando a todos que la verdadera modernidad es no olvidar quiénes somos.

Dalmiro Malaver no es solo un galeronista; es el cronista lírico de una isla que se niega a perder su voz. Mientras exista una décima bien echada y un «le-lo-lay» en el horizonte, «La Culebra del Rincón» seguirá serpenteando libre por los caminos de la memoria popular.

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