El 17 de mayo de 1920, las calles populares de Caracas vieron nacer a un niño que, años más tarde, convertiría lo cotidiano en poesía y el revés de la vida en una carcajada colectiva. Aquiles Nazoa no solo habitó Venezuela; la radiografió con la mirada limpia de quien encuentra arte en un trompo, en una muñeca de trapo o en el hablar de la gente de a pie. Fue escritor, periodista, poeta y humorista, pero, por encima de todo, fue el artesano de las cosas más sencillas.
De las bobinas de papel a la palabra libre
La literatura no le llegó a Aquiles en un pedestal de marfil, sino con el aroma a tinta fresca y el ruido de las rotativas. Antes de marcar la historia cultural del país, tuvo que ganarse el pan en múltiples oficios. La puerta de entrada al periodismo la tocó desde el subsuelo: comenzó como empaquetador en el diario El Universal.
Pero el joven Nazoa poseía una curiosidad insaciable. Pronto pasó a ser corrector de pruebas y, de manera autodidacta, devoró libros de francés e inglés. Esa sed de conocimiento lo llevó a las salas del Museo de Bellas Artes, donde guio a turistas extranjeros, traduciendo la belleza del arte local a otros idiomas.
Su pluma no tardó en exigir su propio espacio. Nombrado corresponsal de El Universal en Puerto Cabello, conoció temprano el precio de la irreverencia. En 1940, tras criticar con agudeza a las autoridades municipales, probó el sabor amargo del arresto bajo cargos de “difamación e injuria”. Fue su bautismo de fuego: el poder descubría que el humor de Nazoa cortaba más que una espada.
La trinchera de la risa y el destierro
Lejos de amansarse, Aquiles multiplicó sus frentes. Su voz y su ingenio pasaron por Radio Tropical, por su columna «Punta de lanza» y por las páginas de Últimas Noticias y El Nacional. El periodismo satírico venezolano no se entendería hoy sin su paso por el mítico semanario El Morrocoy Azul o la dirección de la revista Fantoches en 1945.
Nazoa entendió que el humor es la propiedad horizontal de los pueblos frente a la verticalidad de los tiranos. Por eso, fundó trincheras de papel con nombres tan pintorescos como «La Pava Macha» y «El Tocador de Señoras». Su brillo cruzó fronteras: escribió para la revista Sábado en Colombia y dirigió la publicación Zig-Zag durante un año de estancia en Cuba.
Sin embargo, la agudeza de su mente resultó intolerable para la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. En 1956, Aquiles fue expulsado de su propia Matria. Dos años de exilio que solo alimentaron la nostalgia por sus esquinas caraqueñas, a las que regresó corriendo en 1958, apenas cayó el régimen, para fundirse de nuevo con su gente.
El legado de la «Ñema» y el Polo Doliente
El reconocimiento a su labor llegó tanto de las instituciones como del pueblo. En 1948 se le otorgó el Premio Nacional de Periodismo (especialidad de escritores humorísticos y costumbristas), y en 1967 su obra fue galardonada con el Premio Municipal de Literatura del Distrito Federal.
Su poesía y su prosa eran tan musicales y universales que rompieron el molde del papel:
- Su conmovedor poema “Polo Doliente” cruzó las fronteras del continente y fue musicalizado en Chile por José Seves, integrante de la emblemática agrupación Inti-Illimani.
- Su genial y desternillante texto “Importancia y Protección de la ñema de Colón” saltó a las tablas operáticas gracias al Maestro Federico Ruiz, transformándose en la pieza “Los Martirios de Colón”.
El último viaje del ruiseñor
La tarde del 25 de abril de 1976, el asfalto de la autopista entre Caracas y Valencia se ensombreció. Un trágico accidente automovilístico apagó la vida de Aquiles Nazoa a los 55 años. Venezuela sintió un vacío repentino, como si a la Navidad se le hubiera escondido el pesebre o a los niños se les hubiera roto el papagayo.
Se marchó el hombre, pero quedó sembrado el cronista de la ternura. Aquiles Nazoa nos enseñó que la identidad de un país no se encuentra en los grandes mármoles de los próceres, sino en el valor de su cultura popular, en la dignidad de sus trabajadores y en esa maravillosa capacidad venezolana de sonreír, con picardía y poesía, a pesar de las tormentas.
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