El azadón en el anecdotario de Tacarigua

Tacarigua aparte de ser un pueblo agrícola por excelencia y ser cuna de personas que se han destacado en diferentes oficios, es un lugar donde los cuentos y los relatos corren libremente por esquinas, calles y vericuetos

Pero como ya dijimos que la agricultura ha jugado papel importante de su vida, el azadón también lo ha hecho y sobre él van a versar las siguientes anécdotas.

Se cuenta que el Sr. Pedro Negro, un día ya cansado de “jalar” azadón y que de paso se perdiera la cosecha por la falta de lluvia, se fue para Tierra Firme buscando mejores horizontes y ganarse mejor el sustento para él y su familia. 

A la vuelta de diez años regresó a su tierra natal, más limpio que uniforme de enfermera, y ahí conversó con el Sr. Severo Morao con el fin de que éste le diera un trabajito porque en realidad estaba “pelando”. “Yo lo que tengo en el conuco es un malojito que desyerbar”, le dijo Severo. “O sea que hay que jalar azadón”, respondió Pedro. “Exactamente”, indicó Severo. Y fue ahí cuando Pedro exclamó a toda boca: “Y todavía aquí jalan esa temiga, compay”.

En otra ocasión Pedro Lista se paró temprano como siempre y notó cierto alboroto en el pueblo y por tanto la curiosidad lo llevó a preguntarle a Francisco Romero, qué había pasado, y éste le respondió que le habían robado en el conuco el azadón a Eudo Morao; a lo que el Sr. Pedro Lista, exclamó: “El brío, el que se roba un azadón, se roba la muerte”.
José González, cuenta que cuando cumplió doce años, le dijo su Papá: “Este año a lo mejor el Niño Jesús, se acuerda de tí y te trae un hermoso regalo”.

Desde ese día José esperó con ansias la llegada del Niño Jesús, y cuando contento se despertó el 25 en la mañana, casi se desmaya al ver aquel objeto de cabo reluciente debajo de su hamaca, o sea un azadón, marca Coleman.

“Desde ahí –relata José– le cogí tanta rabia a tal utensilio que a los quince años, como pude me fuí para Anaco para ganarme la vida de otra manera, y allí me convertí en chofer de plaza y todavía estoy ejerciendo ese oficio. Si me hubiese puesto a jalar azadón, ya me hubiera muerto desde hace tiempo”.

Una noche José Gil (chepabucho), luego de tomarse una considerable cantidad de tragos de ron, se montó en una tarima improvisada y dio un mitin político, donde entre otras cosas, prometió dar azadones eléctricos para los agricultores del pueblo, con la finalidad de que éstos no sólo agilizaran el trabajo, sino que descansaran de tan torturante implemento.

Al otro día José llegó a visitar a su tío “Chico” Gil (que tenía un conuco a una distancia considerable de su casa), quien al verlo, le dijo: “Supe José que anoche diste un mitin y prometiste dar azadones eléctricos para cuando llegaras al poder, y viéndolo bien es buena idea, pero el mío va a tener un problema”. “¿Cuál tío?”, preguntó José, intrigado. A lo que dijo Chico Gil: “Es que mi conuco queda tan lejos, que el cable de ese azadón tiene que ser bien largo para enchufarlo desde aquí desde la casa”.

Redacción: Emigdio Malaver / emalaverg@gmail.com / @Malavermillo