HUELLAS Y PRESENCIAS INSULARES: LOS ESPANTOS DEL TOCO DE ANASTASIA

Se dice que los fantasmas o espantos son almas en pena, que viajan constantemente por el espacio; son como ondas sonoras o televisivas y no se sabe de qué forma o manera se transforman en personas, animales y cosas haciéndose sonoras y visibles; también se ha dicho que existen en la tierra lugares magnéticos por los cuales son atraídos haciéndolos visibles ante los huma¬nos; aún no se ha podido averiguar como se hace esta conversión, pueda que en esta era de tecnología electrónica, se logre construir un aparato televisivo que pueda atrapar estas ondas fantasmas y se logre saber quiénes son y cuál es su papel en el mundo.

En la antigua carretera hacia El Valle del Espíritu Santo, con sus inmensos arenales, que se desbordaba a ambos lados de la vía con el paso de los pocos carros y la acogedora sombra de robles, chicas, tocos, mangos y cotoperíes; en horas de la noche era una madriguera de espantos.

Desde que se dejaba la capilla de la Cruz Grande, a unos cincuenta metros estaba una frondosa chica y a su alrededor una inmensa cantidad de tubos negros de todo calibre, usados para construir y reparar el antiguo acueducto de Margarita, al frente un gigantesco roble y al pie una pila o alcantarilla surtidor de agua a los pueblos cercanos.
Pero de toda esta cantidad de árboles que adornaban la vía, existía un bosque de matas de toco, el lugar más peligroso y espantoso llamado “El Toco de Anastasia”. A este lugar se le tenía mucho respeto, a cualquier hora del día el cuerpo reconocía miedo, produciendo escalofríos y las bestias retrocedían o parábanse en dos patas como si algo les obstruyera el camino. En ese sitio se reunían toda clase de espantos, gallinas con pollos, puercas paridas, caballos enfrenados y hasta un carro con las luces encendidas que luego se convertía en llamas, pero el que causó más celebridad fue el perro gigante, que una noche le metió las cabras en el corral a un personaje muy popular del Valle del Espíritu Santo.

Cuenta esta persona que una noche cuando venía del cine muy orondo en su bicicleta, al pasar frente al toco vio un perrito lanudo muy bonito sentado a la orilla de la carretera; se bajó de su bicicleta y lo agarró diciendo: parece de buena raza, este es el perro que me hacía falta. Cuando apenas había recorrido unos ciento cincuenta metros siente una picazón en todo el cuerpo, y dice: no será que está lleno de pulgas y por eso lo botaron. Se paró, registró al animal alumbrándolo con la linterna y no le consiguió nada, emprende la marcha y luego siente que el perrito se va poniendo pesado, se para nuevamente y ve que el animal ha crecido algo regular; un escalofrío le recorrió todo el cuerpo; suelta al perro y al caer al suelo se puso tan grande como del tamaño de un chivo; quiso gritar pero no le salía la voz de la garganta, intentó correr y las piernas estaban como pegadas, cayó inconsciente sobre su bicicleta y de esa manera lo encontraron unas personas que iban a buscar agua; prendido en fiebre estuvo durante tres días, fue examinado por médicos y no le encontraron la causa de la fiebre.

Después de varios conjuros efectuados por exorcistas o espiritualistas se determinó que había sido víctima de un espíritu malo; lo cual se pudo comprobar cuando logra recuperar el conocimiento.

Este es un relato considerado como verídico ya que fue contado por la persona agraviada y asegurado por sus familiares y amigos, quienes lo recogieron al borde de la carretera.


(Tomado de Jorge Guilarte Marcano en MARGARITA: TOPONIMIA, ENCANTO Y POESÍA, 1986)

Recopilación: Verni Salazar

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